No tires la toalla // Juan José Estévez
Dios y la fidelidad ante las caídas humanas
Dios no va a desistir de las personas, aunque conoce lo peor de cada uno y cuántas veces fallan, sigue siendo fiel y busca concluir lo que comenzó en la vida de cada persona. Muchos desisten porque ponen demasiadas expectativas en sí mismos y en lo que pueden hacer, en lugar de confiar en lo que Dios puede hacer. Las causas del abandono no están en los demás, sino en cada persona, que se ilusiona y se decepciona a sí misma. Es más fácil culpar a otros, pero la realidad es que cada uno es responsable de su propio abandono.
Las razones del desistimiento y la confianza en uno mismo
El evangelio nos enseña a no poner nuestras expectativas en lo que podemos hacer, sino en lo que Dios puede hacer en nuestra vida y a través de ella. Muchos desisten porque se sienten incapaces, inútiles o fracasados, y buscan justificar su culpa. La raíz del problema es nuestra naturaleza, no los demás, y es más fácil culpar que enfrentar la realidad. La revelación de la palabra de Dios nos muestra cómo vencer nuestra naturaleza caída y no desistir.
El evangelio y la dependencia de Dios
Muchas personas desisten porque no tienen experiencia con el Señor y ponen demasiada ilusión en sí mismas, impidiendo que la gracia de Dios se manifieste. La oración no es la búsqueda de Dios en nuestra debilidad, sino reconocer que somos incapaces por nosotros mismos. Nuestra vida debe ser quebrada para hacernos dependientes de Él, y la dependencia de Dios es fundamental para superar adversidades. El Señor sostiene nuestra vida, y podemos permanecer en Él sin desistir, buscando la salvación de nuestra alma.
La ley, el pecado y la gracia de Dios
Cuando Dios dio la ley a Moisés, las personas se hicieron conscientes del pecado. La ley nos lleva al conocimiento del pecado y abre la oportunidad para que Dios manifieste su gracia. Cuanto más profundo es el pecado en nuestra vida, más abunda la gracia de Dios. La palabra de Dios dice que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, y nos permite encontrar redención en la cruz.
La cruz y la redención
Jesús murió en la cruz para librarnos de la culpa y del pecado, y esto no es motivo para desistir, sino para recibir la gracia de Dios. Pablo reconoce su inclinación al pecado, pero la gracia de Dios es mayor. La cruz nos muestra que no debemos desistir, porque cualquier pecado tiene amparo en la obra de Jesús. Él vino a redimir nuestra iniquidad y su perdón es motivo de celebración, no de desánimo.
La parábola de Simón el fariseo y la mujer pecadora
La historia muestra a Simón el fariseo juzgando a una mujer pecadora que se acercó a Jesús con amor y honestidad. Jesús enseñó que quien más recibe perdón, más agradece, y la verdadera aceptación delante de Dios no depende de la práctica religiosa, sino de acercarse con humildad y amor. La mujer fue salvada por Jesús mientras Simón permaneció juzgando, mostrando que la gracia salva más que la apariencia religiosa.
El hijo pródigo y el amor de Dios
La parábola enseña que el amor de Dios es mayor que nuestro pecado. A veces Dios permite que lleguemos al fin de nosotros mismos para que su gracia se manifieste. El padre del hijo pródigo nos muestra cómo Dios nos permite fracasar para que podamos ser transformados. Dios recibe a quienes regresan con un corazón quebrantado y egoísta, y su propósito es salvar, no culparnos.
La historia de Pedro y la gracia de Dios
Dios quita el corazón de piedra y nos da su vida en resurrección, amando hasta el final. Pedro, que negó a Jesús tres veces, enfrentó el fracaso en su vida cotidiana y pensó en desistir. Dios ama no por nuestro desempeño, sino porque Él es amor. Nos permite confiar en su amor más que en nuestros actos, y Jesús inicia y concluye la obra en nuestra vida, como lo hizo con Pedro.
La vida cristiana y la dependencia de Cristo
La gracia de Dios nos permite vivir el evangelio dependiendo de ella, quitando cargas y pesos de nuestra vida. Jesús tenía asuntos pendientes con Pedro y no los dejó pasar, igual que con nosotros en nuestros fracasos. La vida cristiana no se vive por imitación, sino permitiendo que Cristo viva en nosotros. La manifestación de su vida comienza al morir nuestra vida egoísta y dejar que Cristo actúe a través de nosotros.
El amor incondicional de Dios
La vida de Dios puede manifestarse en cualquier persona, sin importar su situación. La gracia de Dios permite hacer el bien y preocuparse por los demás, como lo demostró la Madre Teresa. Pedro es un ejemplo de que Dios busca y ama a los que fracasan. Su amor es incondicional y no depende de nuestro desempeño. La conciencia del amor de Dios en nuestra vida es más importante que cualquier logro personal.
El pan de vida y la necesidad de Cristo
La voluntad del Padre es que todo el que crea en el Hijo tenga vida eterna. Nuestro caminar con Dios depende de cuánto asimilemos de Él, y solo podemos seguirlo si lo «comemos» y bebemos de Él. La vida sin Cristo no es suficiente, y muchos abandonan porque carecen de su sustento interior. La relación con Jesús nos permite no desistir, incluso en adversidades, y experimentar su presencia para existir y perseverar.
La fe como sustento en la vida cristiana
El justo vivirá por fe, y no se debe retroceder. La fe es un don de Dios que crece a medida que le conocemos y somos probados. Cada prueba tiene un límite según nuestra fe, y Dios no nos prueba más de lo que podemos soportar. Caminar en Cristo significa vivir por la fe, confiando en que Jesús nos lleva a la victoria. La justicia de Dios se manifiesta porque Jesús vive en nosotros, permitiéndonos perseverar sin depender de nuestro esfuerzo, sino de su gracia.

