No te afanes: Dios sabe lo que necesitas
Vivir el presente y aprender a disfrutar cada momento
El paso del tiempo es una constante en la vida, aunque la percepción de su velocidad puede variar dependiendo de si una persona está entretenida o enfocada en la espera de acontecimientos futuros. Existe una tendencia humana a concentrarse demasiado en aquello que se desea o en lo que falta, dejando de disfrutar las cosas que ya se poseen en el presente.
Muchas personas terminan desperdiciando su vida al permanecer atrapadas entre la nostalgia por el pasado y la expectativa ansiosa por el futuro. Esta manera de vivir fuera del presente se convierte en una distracción constante que mantiene a la persona en un ciclo de insatisfacción. Por eso, se destaca la importancia de aprender a estar conformes y agradecidos con lo que se tiene y con las actividades que se realizan en el momento actual, viviendo plenamente el tiempo que corresponde experimentar.
Valorar y disfrutar cada etapa de la vida
Cada etapa de la vida tiene su propio momento y debe ser valorada. A las personas solteras se les aconseja aprovechar y disfrutar su etapa actual en lugar de concentrarse únicamente en el deseo de tener pareja. El matrimonio, si todo transcurre favorablemente, será una etapa que durará toda la vida, por lo que habrá tiempo suficiente para disfrutarla cuando llegue.
Existe también una tendencia a perseguir determinadas metas con mucha intensidad sin pensar qué ocurrirá cuando finalmente se alcancen. La metáfora de un perro que persigue coches sin saber qué hacer con ellos una vez que los alcanza refleja esta situación. Algunas personas pueden sentirse confundidas o poco preparadas cuando consiguen aquello que tanto deseaban, como el matrimonio, un ascenso o un nuevo empleo.
La llegada a nuevas responsabilidades permite comprender situaciones que anteriormente podían ser criticadas desde otra posición. Convertirse en empresario o jefe, por ejemplo, puede ayudar a comprender mejor las responsabilidades y dificultades que antes se observaban desde el lugar de empleado. De igual manera, la paternidad o maternidad puede hacer que una persona valore de otra manera el descanso y la tranquilidad que tenía antes de tener hijos. Por eso, resulta fundamental vivir y disfrutar el presente en lugar de mantener la atención constante en aquello que todavía no se posee.
Soltar las cargas del pasado
El deseo de mejorar las condiciones de vida, avanzar, crecer y progresar no se presenta como una actitud conformista, sino como un propósito divino. Sin embargo, el progreso personal no debe surgir de la nostalgia por lo que quedó atrás, porque las cosas viejas han pasado y han sido hechas nuevas.
Muchas personas permanecen estancadas en el pasado debido a errores, pecados y fallos cometidos, incluso por acciones que pudieron causar daño a otras personas. Aunque los actos equivocados pueden tener consecuencias, el propósito divino es renovar el corazón y permitir que la persona pueda realizar cosas nuevas en lugar de permanecer atada a sus faltas.
Las heridas, los engaños y las traiciones también pueden convertirse en ataduras que impiden el bienestar personal. Cada persona tiene una historia diferente, con distintos niveles de dificultades y acontecimientos dolorosos. Por ello, existe una invitación a soltar las cargas, el equipaje emocional y aquello del pasado que se continúa arrastrando, incluyendo herencias familiares o espirituales.
A quienes se sienten trabajados y cargados se les ofrece descanso espiritual, con el propósito de liberar aquello que impide el crecimiento, el avance y la felicidad.
La verdadera felicidad y plenitud en Dios
La felicidad puede estar sobrevalorada debido a la versión que el mundo comercializa, relacionada con el goce, la diversión, las fiestas y la apariencia de estar siempre sonriendo. Lo que Dios ofrece es la plenitud, algo diferente de esa felicidad superficial que muestran los anuncios.
Es posible experimentar felicidad incluso en momentos de tristeza, enojo, malestar o durante un mal día, porque el mandato bíblico es mantenerse gozoso en todo tiempo. La verdadera felicidad no consiste en divertirse o sonreír durante todo el día, sino en experimentar cómo Dios quita las cargas personales y ofrece un nuevo futuro.
Cuando una persona recibe un propósito de parte de Dios, su vida adquiere sentido. Esto permite vivir libre de las cargas del pasado y con la expectativa de caminar junto a Él. La esencia de la felicidad y la plenitud se encuentra en caminar con Dios, como Adán caminaba en el jardín del Edén.
El ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios para disfrutar de una relación de amistad y comunicación directa con Él. Esa relación representa un estado de plenitud. Sin embargo, una persona puede experimentar bloqueos y estancamientos cuando se aferra a situaciones que no agradan a Dios o que resultan innecesarias para su vida.
No obsesionarse con lo material
La vida no debe tomarse con una seriedad excesiva ni debe otorgarse una importancia desmedida a los bienes materiales. Se recomienda no obsesionarse con las posesiones, las acciones cotidianas, las experiencias vividas o incluso la alimentación.
Es necesario aprender a priorizar aquello que realmente posee importancia y significado en la existencia humana. El propósito divino es otorgar amor a las personas para que ellas, a su vez, puedan compartirlo con los demás. De esta manera, alcanzar la plenitud personal también permite ayudar a otros a encontrar su propia plenitud y transmitir ese bienestar.
El poder transformador de la presencia de Dios
Tras recibir el bautismo del Espíritu Santo en Pentecostés, los apóstoles experimentaron un cambio significativo en su ministerio y en su presencia. Durante el primer discurso de Pedro se produjo la conversión de 3.000 personas, y la presencia de Dios manifestada a través de él llegó a ser tan evidente que, al pasar su sombra sobre los enfermos, estos lograban sanar.
Jesús tenía la capacidad de sanar a los enfermos mediante el contacto físico, actuando como una fuente que transmitía salud y amor en lugar de enfermedad. También se presenta el caso de la mujer que padecía flujo de sangre, quien fue sanada al tocar el manto de Jesús.
El contacto con la presencia de Dios, comparado con tocar el manto de Jesús, permite experimentar vida, salud, alegría, gozo y plenitud. Buscar su presencia y caminar junto a Él produce una transformación a la imagen del Señor. La verdadera felicidad se encuentra precisamente en esa experiencia de caminar en compañía de Dios.
¿A quién estamos imitando?
El aprendizaje humano se basa fundamentalmente en la imitación. Los niños pequeños aprenden rápidamente al reproducir las conductas y acciones de sus hermanos mayores. De la misma manera, la convivencia cercana con el Señor permite que las personas lo imiten de forma natural.
Aquellos que no caminan con Cristo terminan imitando a alguien más. La sociedad proyecta influencias como el egoísmo, la avaricia, la codicia y el amor al dinero. Frente a estas influencias, se sostiene que los seres humanos han sido creados con el propósito fundamental de imitar a Dios.
La responsabilidad de influenciar a los hijos
Existe una responsabilidad de influir en los hijos en lugar de permitir que otras personas lo hagan. Si los padres no ejercen esa influencia, terceros terminarán haciéndolo. La influencia sobre los hijos se presenta como una obligación propia de la paternidad y también de la condición de ser hijo de Dios.
El propósito de esta influencia es transmitir a los hijos aquello que se ha recibido de Dios para que ellos puedan imitar a sus padres. Se hace referencia a la enseñanza de Pablo sobre ser imitadores de él como él lo es de Cristo, destacando así la importancia del ejemplo de los padres.
Los padres tienen la responsabilidad de transmitir a sus hijos todo lo aprendido en el Señor y no deben sentir complejos ni vergüenza por su identidad como hijos de Dios al momento de educarlos.
No avergonzarse del Evangelio
El Evangelio es presentado como el poder de Dios y, por ello, no debe existir vergüenza al profesarlo. Existen intentos externos de generar complejos y engañar a los creyentes para que oculten su fe o se expresen con timidez.
Recibir el apellido del Señor y ser considerado hermano de Cristo mediante su gracia y misericordia se describe como una de las experiencias más maravillosas de la vida. Caminar de la mano de Dios produce el deseo natural de imitarlo, de manera semejante a como un niño pequeño desea ser como su padre.
Los hijos pueden repetir los patrones de conducta de sus padres, tanto los positivos como los negativos. Por eso, los seres humanos tienen una gran capacidad para influenciar y transmitir comportamientos a los demás. Permitir que el amor de Dios transforme la propia vida hace posible transformar también la vida de otras personas.
Dejarse transformar por Dios
La transformación personal es inevitable. Si una persona no permite que Dios la transforme, terminará siendo transformada por otra influencia. Dios creó a los seres humanos con el propósito de disfrutar de su compañía, como un padre que ama a sus hijos.
El conflicto aparece cuando las personas buscan satisfacción en otros dioses en lugar de encontrarla en Dios. La humanidad ha levantado altares y lugares altos, dando la espalda al Señor. Esto genera tristeza en Dios debido al amor que siente por sus hijos.
Dios desea el bienestar de sus hijos, pero las personas pueden impedir ser bendecidas o influenciadas por Él cuando permiten que otros dioses ejerzan influencia sobre sus vidas.
No os afanéis por la vida
La lectura de Mateo 6, a partir del versículo 25, presenta una instrucción directa: no afanarse por la vida preguntándose qué se ha de comer, beber o vestir. El texto plantea si la vida no tiene mayor valor que el alimento y si el cuerpo no es más importante que el vestido.
Como ejemplo se presentan las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, pero son alimentadas por el Padre celestial. A partir de ello se plantea la pregunta sobre cuánto más valor tienen las personas para Dios.
El valor que Dios nos da y el verdadero amor
Se presenta una relación inversamente proporcional entre el valor que una persona se otorga a sí misma y el valor que permite que Dios le otorgue. En el matrimonio, un exceso de amor propio puede limitar la capacidad de recibir amor de la pareja, porque la autosuficiencia reduce la atención dedicada al otro y dificulta que pueda cuidar de uno mismo.
El verdadero amor se define como un acto de entrega mutua entre dos personas. La entrega de Jesús por parte de Dios representa el intercambio fundamental mediante el cual Dios ofrece lo más valioso para que el ser humano se entregue a Él.
La relación con Dios implica confiar en que Él se encarga de cuidar a la persona, eliminando la necesidad de vivir preocupándose constantemente por uno mismo. Dios reconoce que los seres humanos poseen un valor superior al de las demás criaturas del mundo.
Buscad primeramente el Reino de Dios
La enseñanza invita a no vivir obsesionados ni angustiados por necesidades básicas como la comida, la bebida o el vestido. La búsqueda constante de bienes materiales se presenta como una característica propia de quienes no creen, mientras que el Padre celestial conoce plenamente las necesidades de las personas.
El mandato principal es buscar primeramente el Reino de Dios y su justicia, con la promesa de que las demás cosas serán añadidas. También se recomienda no angustiarse por el día de mañana, porque cada día trae consigo sus propias dificultades y afanes.
Por eso, es preferible vivir el presente, aquí y ahora, manteniendo una relación cercana con el Señor y cultivando la confianza en su bondad y generosidad. Se afirma que Dios responde a las oraciones sencillas, sinceras y realizadas con fe. Su amor hacia las personas es incondicional y anterior a cualquier respuesta humana.
El Señor libra de los temores
El Salmo 34:4 establece que al buscar al Señor, Él escucha y libra a la persona de todos sus temores. Su presencia puede disipar los temores y hacer que los problemas y los gigantes, como Goliat, pierdan importancia e intimidación.
Quienes miran hacia Dios son alumbrados por su luz y no tienen que vivir avergonzados. También se exhorta a no sentir vergüenza por el Evangelio ni por la identidad de ser hijo de Dios.
El Salmo 34 también afirma que cuando el pobre clama, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. Las pruebas, tribulaciones y dificultades pueden continuar, pero el miedo y la angustia pueden desaparecer porque el amor de Dios expulsa el temor.
La felicidad, más allá de la definición mundana, consiste en mantener el gozo en todo momento y sentirse pleno y completo.
Solo Dios llena el vacío del corazón
La idea de que una pareja es la «media naranja» que completa a una persona se considera incorrecta, porque solo Dios tiene la capacidad de llenar el vacío del corazón humano. Aunque el cónyuge puede representar una compañía extraordinaria y un proyecto de vida, la plenitud espiritual procede de la presencia del Espíritu Santo y del Señor.
El ángel del Señor protege y acampa alrededor de quienes le temen. También existe la promesa de que nada les faltará a los santos que temen al Señor y que quienes lo buscan no carecerán de ningún bien.
Los ojos de Dios permanecen sobre los justos y sus oídos están atentos a su clamor. Al orar con fe, es posible confiar en que Dios escucha, por lo que no hay motivo para vivir dominado por el miedo, el temor o la angustia. La invitación es permitir que el Señor tome el control bajo la seguridad de que no defraudará a quien confía en Él.
Encontrar la plenitud caminando con Dios
La oración final reconoce que existe un vacío en el corazón humano que solo puede ser llenado por Dios. Las riquezas, la felicidad terrenal y los placeres del mundo no son suficientes para colmarlo, y ni siquiera una pareja sentimental tiene la capacidad de completar interiormente a una persona.
La petición final es aprender a encontrar la felicidad en Dios y caminar a su lado con la confianza y admiración de un niño hacia su padre. También se expresa el deseo de imitar a Jesús, reconociéndolo como un hermano mayor y pidiendo ayuda divina para aprender de su ejemplo cada día.

