La fe que incomoda // Predicación Daniel Díez

La fe que incomoda // Predicación Daniel Díez

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El valor de la Palabra de Dios

Tener acceso a la Biblia es un privilegio que muchas veces se da por sentado. Sin embargo, durante gran parte de la historia y aún en la actualidad, existen lugares donde leer la Palabra de Dios está prohibido y muchas personas arriesgan e incluso entregan su vida por conocer más de Él. Esta realidad invita a valorar la libertad de acercarse a las Escrituras y reconocer la riqueza que contienen.

La Palabra de Dios revela quién es Él y permite comprender la importancia de darle el lugar central que merece en la vida. Cuanto más se conoce a Dios, mayor conciencia se tiene de su grandeza y de la necesidad de depender de Él.

Cuando la relación con Dios se vuelve superficial

Muchas personas se acercan a Dios únicamente cuando enfrentan problemas, dificultades o necesidades. Lo buscan como quien busca ayuda para resolver una situación específica y, una vez que todo mejora, vuelven a olvidarse de Él.

Aunque Dios es ayudador, médico y salvador, reducir la relación con Él a la solución de problemas es quedarse en la superficie. Dios no debe ocupar el lugar de un recurso al que se acude solo en momentos difíciles, sino el lugar principal en la vida.

Las palabras que desafían el corazón

El evangelio de Juan presenta un momento en el que muchos discípulos se sintieron incómodos por las enseñanzas de Jesús. Sus palabras eran claras, directas y difíciles de aceptar, hasta el punto de que muchos decidieron apartarse de Él.

Jesús no suavizó su mensaje para agradar a todos. Preguntó incluso a quienes permanecían con Él si también querían irse. Entonces sus discípulos respondieron: «¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».

Este episodio muestra que las palabras de Dios pueden confrontar, incomodar y desafiar, pero precisamente porque conducen a la vida eterna tienen un valor que trasciende cualquier incomodidad momentánea.

Buscar a Dios por la vida eterna

La relación con Dios alcanza su verdadera profundidad cuando nace de una necesidad espiritual y no únicamente material. Los problemas de esta vida son temporales, mientras que las necesidades espirituales tienen consecuencias eternas.

Buscar solamente un Dios que resuelva las dificultades del presente limita el verdadero propósito de la fe. Dios ofrece mucho más que soluciones temporales: ofrece palabras de vida eterna y una relación que trasciende todo lo humano.

Dios tomó la iniciativa

Una de las enseñanzas centrales es que Dios es quien da el primer paso. No son las personas quienes le hacen un favor a Dios al acercarse a Él; es Dios quien ofrece la oportunidad de conocerle.

Esta perspectiva transforma completamente la manera de entender la fe. En lugar de pensar que se está «probando» a Dios para comprobar si responde a ciertas necesidades, se reconoce que Él es el Creador que llama al ser humano para darle una nueva vida.

La Palabra de Dios recuerda que Él es quien escoge, llama y permite que las personas entren en una relación con Él.

La humildad abre el camino hacia Dios

La soberbia impide reconocer la necesidad de Dios, mientras que la humildad permite recibir su gracia. La oportunidad de conocer al Señor no debe verse como algo común, sino como un privilegio inmenso.

Dios llama al corazón de las personas y les ofrece la posibilidad de abrirle la puerta. Ese llamado representa una oportunidad para experimentar un encuentro que transforma no solo el presente, sino también la eternidad.

Un privilegio que no depende de los méritos humanos

La enseñanza basada en la primera carta a los Corintios recuerda que Dios no escoge según los criterios del mundo. No son muchos los sabios, poderosos o nobles los llamados, sino que Dios manifiesta su grandeza a través de personas sencillas para que toda la gloria sea suya.

Por ello, nadie puede jactarse de sus propios logros espirituales. La sabiduría, la justificación, la santificación y la redención provienen de Cristo. Conocer a Dios es un regalo inmerecido que cambia completamente el destino de quien lo recibe.

La vida en este mundo es pasajera, pero la decisión de responder al llamado de Dios tiene consecuencias eternas.

Llamados a llevar un fruto permanente

Jesús afirmó que fue Él quien escogió a sus discípulos y los estableció para que llevaran fruto, y que ese fruto permaneciera.

Antes de atender las necesidades materiales, Dios ofrece la solución al problema espiritual. La reconciliación con Él permite vivir como hijos suyos y confiar en que también conoce y cuida las necesidades cotidianas de quienes le pertenecen.

La vida cristiana no termina en recibir bendiciones personales, sino que continúa con una misión: producir un fruto que tenga impacto duradero.

Transformados para amar a los demás

El encuentro con Dios produce una transformación profunda. Quien recibe su amor no está llamado a guardarlo para sí mismo, sino a compartirlo con quienes le rodean.

El amor de Dios se caracteriza por ser generoso y desinteresado. Esa nueva naturaleza impulsa a servir, ayudar y convertirse en un instrumento de cambio para otras personas.

La transformación espiritual permite ser luz en medio de la oscuridad y participar activamente en la obra de Dios, llevando esperanza y reflejando el amor recibido.

Una invitación a responder al llamado de Dios

La reflexión final invita a considerar si realmente existe el deseo de ser transformado para convertirse en un agente de cambio. Ese proceso comienza aceptando el llamado de Dios y permitiendo que su amor transforme el corazón.

El propósito no consiste únicamente en experimentar una vida diferente, sino en aprender a amar como Dios ama y en llevar un fruto que permanezca para la eternidad. Conocer al Señor es un privilegio que no debe desperdiciarse, porque representa la oportunidad de vivir una relación con Él que transforma la vida presente y tiene un alcance eterno.

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