¿Por qué los pensamientos también son pecado? – Charles Spurgeon
La justicia divina y los pensamientos
La Biblia declara que Dios no juzga únicamente los actos de pecado manifiestos, sino también los pensamientos. Jeremías 6:19 presenta esta realidad como una solemne advertencia, mostrando que aquello que ocurre en el interior de la persona también tiene importancia delante de Dios.
El pensamiento es libre en el sentido de que ningún hombre puede juzgarlo. Cada persona tiene derecho a sus propios pensamientos y opiniones, tanto en el ámbito religioso como en el civil. Sin embargo, delante de Dios existe otra realidad: Él es el Señor y gobernador de los movimientos internos del espíritu, y cada persona tiene que rendir cuentas de sus pensamientos ante Él.
Dios conoce nuestros pensamientos
Según el Salmo 139, Dios conoce nuestros pensamientos y los vigila constantemente. Nada de lo que ocurre en el interior de una persona permanece oculto delante de Él. Esta conciencia de que Dios conoce incluso aquello que todavía no ha sido expresado lleva a considerar seriamente la condición de nuestros pensamientos.
Génesis 6:5-6 muestra también la gravedad de los malos pensamientos, cuando se afirma que Jehová vio que la maldad de los hombres era mucha en la tierra y que los designios de los pensamientos del corazón eran continuamente solamente el mal. El texto presenta así los pensamientos como una realidad que Dios observa y toma en cuenta.
La importancia de cuidar los pensamientos
Una conciencia despierta no debería tomar a la ligera los malos pensamientos. Por el contrario, es necesario mantener un corazón tierno y una conciencia sensible que permita reconocer su gravedad. Aunque un pensamiento pueda parecer pequeño, sus consecuencias pueden llegar a ser grandes.
Los pensamientos tienen una importancia especial porque Dios los hace parte de aquello por lo que juzga a su pueblo. Por eso, aquello que comienza en el interior no debe considerarse insignificante.
Los malos pensamientos y el pecado
El pensamiento del mal es presentado como pecado en sí mismo. Cuando una persona piensa repetidamente en el pecado y llega a familiarizarse con él, este puede comenzar a parecerle menos terrible. De esta manera, la familiaridad con el mal puede hacer que la conciencia pierda sensibilidad.
La reflexión prolongada sobre el mal puede llegar a preparar a una persona para cometer acciones graves. Albergar un mal pensamiento y rumiar sobre él puede conducir a una familiaridad con el pecado que desarma el temor y permite que aquello que primero fue solamente pensado termine manifestándose.
Los pensamientos como origen del pecado
Los pensamientos de pecado son comparados con un ladrón que examina las cerraduras y los pasadores de una casa hasta encontrar la manera de entrar. También son descritos como los huevos del pecado, el embrión del que brota y el fermento del que procede toda forma de iniquidad.
Los malos pensamientos son además comparados con oscuros bosques que albergan todo tipo de males. Por eso se plantea la necesidad de vigilar aquello que ocurre en el interior y escudriñar el corazón para juzgarse a la vista de Dios.
Los mandamientos también alcanzan los pensamientos
Los Diez Mandamientos muestran que la ley de Dios tiene relación con el pensamiento. El primer mandamiento establece que no se deben tener dioses ajenos delante de Dios. Este precepto puede quebrantarse incluso en los pensamientos cuando el dinero o el placer llegan a considerarse más importantes que Dios.
El segundo mandamiento prohíbe hacerse imágenes. El texto señala que una persona puede llegar a fabricar un dios dentro de sus propios pensamientos, rindiendo homenaje a una idea creada por su propia imaginación en lugar de recibir al Dios revelado por las Escrituras.
La adoración a Dios debe hacerse de acuerdo con lo que Él ha mandado. No se trata de crear mediante los pensamientos un dios como uno quisiera que fuese, sino de tomar al Dios revelado en la Escritura, presentado como severo y terrible en su ira, pero también ilimitado en su compasión, clemente y lleno de misericordia.
Los pensamientos y los mandamientos específicos
El tercer mandamiento, que prohíbe tomar el nombre de Jehová en vano, puede quebrantarse incluso sin pronunciar una palabra. La irreverencia del alma y los pensamientos acerca de Dios también pueden constituir una violación de este mandamiento.
El cuarto mandamiento, relacionado con el día de reposo, no se limita a dejar de trabajar con las manos. También implica descansar de las propias obras y dejar a un lado los cuidados y preocupaciones. Para guardar este mandamiento, la mente debe descansar de las propias obras y elevarse sobre todas las cosas, entregando el corazón y la mente a aquel día que Dios ha santificado.
Incluso el mandamiento de honrar al padre y a la madre puede quebrantarse mediante pensamientos malvados hacia los padres, aun cuando no exista una acción externa de desobediencia.
Cuando los pensamientos preceden a las acciones
El pensamiento puede convertirse en el origen de una acción. El pensamiento airado, por ejemplo, puede poner los cimientos del golpe mortal. En este sentido, los actos de violencia y otros crímenes pueden estar precedidos por pensamientos malvados.
Cristo enseña que quien se enoja contra su hermano sin causa es virtualmente un asesino. Del mismo modo, en relación con el adulterio, se explica que quien mira a una mujer para codiciarla ya es adúltero con ella en su corazón.
Los pensamientos de envidia y el deseo de apoderarse de aquello que pertenece a otra persona también son considerados pecado. El deseo de tomar lo que no es propio es presentado como un robo tácito, porque el acto exterior tiene su origen en el pensamiento que lo precedió.
También se puede lesionar a otra persona mediante los pensamientos cuando se piensa injustamente de ella sin causa, se desarrolla un prejuicio en su contra o se la mira con frialdad sin que lo merezca.
La justicia propia y la soberbia
Los pensamientos de justicia propia también son presentados como pecado. Entre ellos se encuentra la idea de que una persona no es tan pecadora como Dios declara o que puede salir de sus dificultades por sí misma.
Estos pensamientos pueden impedir que las personas vayan a Cristo y pueden excluirlas de la vida eterna. Por ello, se plantea la necesidad de que Dios libre del fruto de tales pensamientos.
También deben desecharse los pensamientos antiguos, jactanciosos, vanidosos y egocentristas. La soberbia puede conducir a la destrucción, por lo que es necesario deshacerse de estos pensamientos y no caer en la trampa del orgullo.
La murmuración y la incredulidad
Los pensamientos murmuradores son comunes y pueden perjudicar las relaciones, porque hacen que las personas se concentren en lo negativo en lugar de recordar lo positivo. La murmuración puede conducir a la desesperación y a la miseria cuando se olvidan las misericordias recibidas y toda la atención se centra en aquello de lo que se quiere quejar.
El texto considera la murmuración como un gran pecado y recuerda cómo los israelitas murmuraron contra Dios en el desierto. Esto muestra la importancia que tienen las quejas contra los tratos providenciales de Dios.
Los pensamientos incrédulos también son considerados un gran pecado. Pueden producir debilidad, aflicción y rebelión contra Dios cuando una persona imagina que Él la abandonará o que la providencia se volverá contra ella.
Junto a ellos aparecen los pensamientos aplazadores. Son aquellos que llevan a posponer continuamente el abandono del pecado y la búsqueda de Cristo pensando que llegarán tiempos mejores. Esta actitud puede producir una grave pérdida de tiempo y un peligro todavía mayor.
Los pensamientos distraídos en la adoración
Los pensamientos distraídos también pueden convertirse en un problema durante la adoración. Cuando la mente está en otra parte, se pueden desperdiciar momentos que podrían producir una gran cosecha espiritual.
Estos pensamientos son comparados con aves de rapiña que descienden sobre el sacrificio. Para obtener ganancia espiritual es necesario ahuyentarlos y mantener los pensamientos centrados en aquello que se está haciendo, tanto durante la devoción privada como en la lectura de las Escrituras.
Cultivar pensamientos de humildad y perdón
Frente a los pensamientos de soberbia, se plantea la importancia de cultivar pensamientos humildes. La verdadera humildad consiste en no darse una importancia indebida y en considerarse por debajo del estándar.
También son indispensables los pensamientos penitentes acerca del pecado y las humildes consideraciones sobre la gracia divina. Estos pensamientos preparan el alma para la entrada del grandioso príncipe.
El perdón también debe formar parte de los pensamientos. No se debe ser tan orgulloso como para negarse a perdonar una ofensa. Perdonar a quien ha causado una injuria es presentado como una actitud semejante a la de Dios.
Cultivar pensamientos de admiración y gratitud
El texto anima a comenzar y terminar cada día con pensamientos de admiración hacia la bondad de Dios y de adoración hacia su grandeza. El alma debe convertirse en un lugar donde estos pensamientos puedan permanecer.
Incluso los pensamientos relacionados con las actividades cotidianas pueden ser santificados. El camino que se recorre o el dinero que se maneja pueden convertirse en ocasiones para pensar en Cristo en todo momento.
La concentración en las cosas celestiales permite descubrir el fruto de la concentración en el espíritu. También se anima a cultivar pensamientos agradecidos, comparándolos con pájaros del paraíso que deben llenar el alma y cantar continuamente.
Pensamientos de fe y anhelo por Cristo
Es importante procurar pensamientos creyentes y abundantes. Cuando no se puede ver el camino, se debe confiar en el Señor y creer que la promesa es verdadera, abundando en pensamientos de sumisión a Dios.
Cada mañana se plantea la importancia de poner el alma en las manos de Dios para que trate con el creyente de acuerdo con su voluntad durante todo el día. Por la noche, se invita a repasar el día y dar gracias a Dios por todo.
Finalmente, se anima a cultivar pensamientos que anhelen a Cristo, deseando estar con Él donde Él está. De esta manera, los pensamientos pueden dirigirse hacia la fe, la sumisión, la gratitud, la adoración y el anhelo por Cristo.

