Lección de fe // Reflexion desde Mar de Galilea // Miguel Díez
Jesús en Capernaum y el inicio de la travesía
Jesús había pasado un tiempo intenso en Capernaum, donde su ministerio se manifestaba con poder y compasión. Sanó a la suegra de Pedro, liberó a un leproso y restauró la salud de muchos enfermos que acudían a Él. Sus días estaban llenos de enseñanza y milagros, y sus noches dedicadas a la oración. Este ritmo agotador mostraba su entrega total a la misión que el Padre le había confiado. Por eso, cuando invitó a sus discípulos a subir a la barca, el cansancio físico lo venció y se quedó dormido, recordándonos que, aunque era Dios, también experimentó plenamente la humanidad.
La tormenta y la falta de fe
Mientras navegaban, una tormenta repentina agitó el mar de Galilea. Las olas golpeaban la barca con fuerza, y los discípulos, temerosos de morir, corrieron a despertar a Jesús clamando: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!”. Ellos habían visto milagros, pero la tormenta probaba la profundidad de su confianza. Jesús, al despertarse, los confrontó suavemente: “¿Por qué teméis, hombres de poca fe?”, mostrando que la verdadera seguridad no estaba en las circunstancias, sino en Su presencia. Luego ordenó a los vientos y al mar que se calmaran, y todo quedó en silencio. Los discípulos, asombrados, comenzaron a preguntarse quién era realmente aquel que incluso dominaba la naturaleza.
El envío a Gadara y la fe que no depende de la vista
En otra ocasión, Jesús envió a los discípulos solos a cruzar el mar hacia Gadara mientras Él despedía a las multitudes que había alimentado milagrosamente. Durante este viaje, surgió otra tormenta, pero esta vez Jesús no estaba en la barca físicamente. Este detalle resaltó una lección más profunda: la fe no depende de tener a Jesús visible, sino de confiar en que Él está presente aunque no se vea. Los discípulos estaban siendo entrenados para vivir una fe madura, basada en la certeza interior de que Dios acompaña incluso en los momentos más oscuros, cuando el entorno parece contradecirlo todo.
Jesús camina sobre las aguas y revela su identidad
En la cuarta vigilia, alrededor de las tres de la mañana, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el mar. El cansancio y la tormenta hicieron que los discípulos no lo reconocieran y pensaran que era un fantasma. Llenos de terror, gritaron, pero Jesús respondió con palabras que marcaron un antes y un después: “No temáis, yo soy”. No solo los tranquilizaba, sino que se presentaba con el mismo nombre con el que Dios se reveló a Moisés en la zarza ardiendo. Con esta declaración, Jesús afirmaba su identidad divina, mostrándose como aquel que tiene poder sobre la creación y autoridad para dar vida, guía y salvación.
Pedro, la mirada en Jesús y la distracción
Pedro, movido por un impulso lleno de fe, pidió a Jesús que lo llamara hacia Él. Cuando Jesús le dijo que fuera, Pedro se lanzó al agua y comenzó a caminar sobre las olas mientras mantenía su mirada fijada en el Maestro. Este acto simboliza cómo el enfoque en Cristo permite al creyente caminar incluso sobre situaciones imposibles. Pero al desviar su mirada hacia la tormenta, Pedro comenzó a hundirse. De la misma manera, una persona puede caer cuando se distrae con las tentaciones y ruidos del mundo, cuando los ojos se apartan de Jesús hacia aquello que roba la atención y debilita el espíritu. El ojo, como lámpara del cuerpo, influye profundamente en la vida interior.
Jesús rescata y los discípulos reconocen al Hijo de Dios
Cuando Pedro se hundió, clamó por ayuda y Jesús inmediatamente lo tomó de la mano y lo levantó. Una vez que ambos subieron a la barca, el viento cesó y la calma regresó. Este poder y esta misericordia llevaron a los que estaban allí a reconocer a Jesús como el Hijo de Dios. Comprendieron que solo Él podía salvarlos, transformar sus corazones y guiarlos hacia una vida nueva. Por eso lo adoraron, dándole gloria y honra, seguros de que Jesús era quien podía sostenerlos y librarlos de toda tormenta, física o espiritual.

Miguel Díez es presidente de la ONG Remar en 68 países y fundador de la iglesia Cuerpo de Cristo.

