LECCIÓN: No os Afanéis: Viviendo en el tiempo de Dios // Ramón Ubillos DISCIPULADO

LECCIÓN: No os Afanéis: Viviendo en el tiempo de Dios // Ramón Ubillos DISCIPULADO

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Dependencia del Espíritu Santo y vida espiritual victoriosa

La dependencia del Espíritu Santo es presentada como el secreto del poder de Dios y el camino hacia el éxito en la vida personal. San Pablo, en su epístola a los Filipenses, enfatiza que los verdaderos cristianos son aquellos que sirven a Dios “en espíritu”, sin confiar en la carne, y que se glorían únicamente en Cristo Jesús. Esta idea se refuerza con la experiencia personal del apóstol, quien declara haber perdido todo por amor a Cristo y considera que todo lo demás es pérdida en comparación con la excelencia de conocer a Jesús como Señor.

El anhelo central de cada creyente es conocer a Cristo y vivir una resurrección espiritual, una transformación en la que se puede decir que se está crucificado con Cristo y que Cristo vive en el creyente. Esta vida de resurrección se caracteriza por ser nueva y victoriosa, porque Cristo gobierna la vida del creyente. Para alcanzarla, es necesario aprender a “sacar aguas del pozo de Yeshua”, es decir, beber de la fuente de vida que Él ofrece. La vida espiritual victoriosa se logra cuando el creyente permite que el Espíritu de Dios fluya a través de él y llegue a las almas, cumpliendo así la intención de servir a Dios en espíritu.

Confianza en Cristo y no en la carne

La verdadera gloria del creyente se encuentra en Cristo Jesús y en la cruz, no en la fuerza humana, los logros personales, las habilidades o los éxitos. La confianza debe estar en Él y no en la propia capacidad o poder. La base de la confianza humana suele ser la autosuficiencia; muchos buscan reforzarse con medios temporales como el alcohol para sentirse más capaces o contentos. Sin embargo, esto no puede sostener una vida espiritual ni una sociedad. La fortaleza real del creyente proviene de la dependencia del Espíritu Santo.

Esto se ilustra con la historia de Sansón, quien tenía poder en su llamado, su devoción y su obediencia al Señor. Asimismo, la guerra espiritual no es contra enemigos visibles, sino contra principados y potestades, por lo que se requiere una confianza profunda en Dios para vencer, como lo demostró David ante Goliat. La fe no se fundamenta en la fuerza humana, sino en el poder divino que actúa en el creyente.

Guerra espiritual y confianza en Dios

El poder de Dios se recibe a través del Espíritu Santo y se manifiesta en la vida del creyente cuando este confía y permite que el Espíritu obre. La promesa bíblica de “recibiréis poder” se cumple cuando el creyente se rinde y se somete a la obra divina. San Pablo es un ejemplo claro de alguien que no confiaba en la carne, a pesar de tener un linaje y educación privilegiados, y deseaba depender totalmente de Cristo. Esta actitud revela que la humildad es el primer paso fundamental para vivir en el poder de Dios.

Humildad como base de la vida espiritual

La humildad es la condición necesaria para que Dios pueda moverse en la vida del creyente. El Señor busca corazones contritos y humillados, que no confíen en sí mismos, sino que se quebranten en su presencia. Sin humildad, es imposible experimentar el poder divino, pues el orgullo impide que Dios obre.

San Pablo expresa que su fortaleza consistía en poder adaptarse a cualquier situación, ya sea en abundancia o necesidad, y afirma que “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Cuando el creyente no descansa plenamente en Cristo, se evidencia en su inconformidad, en contiendas, peleas y resistencia a la voluntad de Dios. Estas reacciones son manifestaciones de orgullo. Por ello, la humildad es la fuente del poder y del descanso espiritual, pues permite recibir la gracia divina en cualquier circunstancia.

La predicación y la dependencia de Dios

En Filipenses 1:15 se menciona que algunos predican a Cristo por envidia y contienda, mientras otros lo hacen de buena voluntad. A pesar de ello, Pablo se regocija porque Cristo es anunciado. Su actitud revela el valor de un hombre que, incluso en prisión, se alegra de que el evangelio sea predicado, sin importar el motivo.

Esta postura también invita a entregar las personas difíciles y los conflictos internos a Dios, reconociendo que Él controla todo y que cada situación tiene un propósito. La humildad de Pablo se manifiesta en que no confía en su linaje, en su educación o en su condición de fariseo, sino únicamente en el Señor que lo sacó de la muerte.

La oración es una evidencia de dependencia del Señor, y se refleja en la vida de quienes buscan constantemente su apoyo. Pablo describe que su predicación no se basó en la excelencia de palabras o sabiduría humana, sino en debilidad, temor y temblor, porque su objetivo era dar a conocer a Jesucristo y a este crucificado. Así, la predicación debe basarse en el poder de Dios para que la fe no se funda en la sabiduría humana, sino en la obra del Espíritu Santo.

Debilidad como oportunidad para que Dios obre

Dios a veces debilita a sus líderes para que no dependan de su propia fuerza. El salmista expresa que el Señor debilitó su fuerza en el camino, lo cual puede ser una oportunidad para que el poder de Dios se manifieste. En la historia de Jacob, el encuentro con el ángel lo debilita y transforma su vida, cambiando su nombre a Israel.

Los hombres de Dios que comunican la vida de Dios con frecuencia han pasado por debilidades profundas que los marcan permanentemente. En 2 Corintios 12, Pablo declara que su debilidad es motivo de fortaleza, porque es en esos momentos cuando Dios está más presente. La debilidad no es un obstáculo, sino un terreno donde Dios puede revelar su poder.

Ejemplos bíblicos de confianza en Dios

La historia de Israel demuestra que la victoria depende de la confianza en Dios. Cuando el pueblo se apoyaba en Él, vencía, pero cuando confiaba en su propia fuerza, era derrotado. El nombre Jehová Nisi (“Jehová mi bandera”) recuerda que Dios es la defensa y el poder del creyente.

Dios también prueba a sus siervos, como hizo con Abraham al pedirle sacrificar a su hijo, para revelar si realmente confiaba en Él. En momentos difíciles, Dios se revela y provee, como cuando se presenta como Jehová Rafa, el Señor nuestro médico.

El poder de Dios se manifiesta cuando el creyente está conectado a la fuente de agua viva. Pedro y Juan, sin dinero, sanaron a un mendigo porque tenían fe y el poder del Espíritu Santo. El milagro no se hizo por su santidad o poder, sino en el nombre de Cristo, lo que recuerda que siempre se debe dar gloria a Dios, que es el secreto del poder de los creyentes.

El reino de Dios y la victoria espiritual

El reino de Dios no está en palabras, sino en poder. Cuando Cristo hablaba, no solo calmaba tormentas, sino que también apaciguaba los corazones atribulados. Él nos invita a no temer y a confiar en Él.

Si el creyente tiene un corazón quebrantado y humillado, puede entregar sus situaciones difíciles a Dios sin perder la paz, y ver cómo Dios obra a través de su vida. El poder del Espíritu Santo permite vencer a los enemigos cuando el creyente se enfoca en la palabra de Dios y en su poder.

Oración y confianza en la gracia de Dios

La oración y la confianza en el poder del Espíritu Santo son esenciales para vivir en el tiempo de Dios. Se debe confiar en la sangre de Cristo y en su nombre con humildad y contrición. La historia de Gedeón ejemplifica cómo Dios se mueve a través de quienes confían en Él, y cómo el cántaro y la antorcha simbolizan el “yo” y la vida de Dios en nosotros.

El secreto de la vida espiritual es no confiar en uno mismo, sino en Cristo, dejando de lado la identidad natural para asumir la identidad espiritual, como hizo Pablo. La confianza en el Señor y el uso de las armas espirituales, incluyendo los dones del Espíritu Santo, son esenciales para vivir en victoria y ser una nueva criatura en Cristo.

Dios puede responder a las peticiones de poder con aflicción o debilidad, para enseñar la lección de confiar en Él. Aprender estas lecciones difíciles fortalece la humildad y la dependencia del Espíritu Santo.

Oración final y agradecimiento a Dios

Dios a veces corrige y permite situaciones difíciles para mostrar la fragancia de su gracia en nuestras vidas. Por ello, se le da honra y gloria por los siglos. Se ora con reverencia, sabiendo que no somos dignos, pero también confiando en que hemos sido invitados a acercarnos al trono de la gracia.

Se pide al Señor que supla las necesidades y que enseñe las lecciones que aprendió Pablo: estar conforme en cualquier situación, mantener paz y paciencia incluso cuando los enemigos parecen triunfar. Se reconoce que los verdaderos cristianos no confían en la carne, sino que dependen totalmente del brazo de Jehová.

Se ora por los que sufren, confiando en Jehová Rafa, el sanador; por los que enfrentan conflictos, confiando en Jehová Nisi, la bandera; y por los que buscan justicia, confiando en el Señor. La justificación por la fe trae paz con Dios, y como Pablo, se puede afirmar que “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

Finalmente, se agradece a Dios por haber tocado el manantial de su gracia, y se reconoce que, aunque haya sequía espiritual alrededor, si estamos conectados a Él, la vida de Dios fluirá a través de nosotros. Se agradece también por la fortaleza para transmitir el mensaje y por alimentar a las ovejas con la palabra divina.

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