Ser un discípulo no solo un creyente // Miguel Díez
La importancia del discipulado
El autor lamenta profundamente la falta de obreros en la obra de Dios, a pesar de la gran cantidad de creyentes que asisten a iglesias y cultos. Señala que muchas veces se confunde ser cristiano con simplemente creer o asistir a ceremonias religiosas, pero la gran comisión que Jesús nos dejó es mucho más que eso: se trata de formar discípulos comprometidos, que sigan sus enseñanzas y las transmitan a otros. Critica a las iglesias que concentran sus esfuerzos únicamente en cultos dominicales, ritos, ofrendas y diezmos, dejando de lado la formación de discípulos con un compromiso real y práctico. El discipulado, según el autor, no es solo una actividad espiritual, sino una manera de vivir la fe diariamente, desde la familia hasta el trabajo. Anima a cada creyente a comprometerse a hacer al menos un discípulo al año, mostrando cómo pequeñas acciones constantes pueden transformar vidas y comunidades enteras.
La oración como respiración del alma
Para el autor, la oración no es solo una obligación religiosa, sino el acto más íntimo de comunicación con Dios. La compara con respirar, porque es vital para la vida espiritual. Anima a los hombres a orar junto a sus esposas, y a enseñarles a orar si aún no saben cómo, creando un vínculo profundo en la pareja. Relata una experiencia personal: antes de acudir a la iglesia, oró por su esposa y sintió la presencia de Dios de manera tangible. Resalta que Jesús enseñaba a sus discípulos a orar antes que a predicar, porque sin la oración no hay verdadera conexión con Dios. Orar implica hablar con Él, escucharle y construir una intimidad que transforma el corazón. Además, enfatiza que los niños deben aprender a orar desde pequeños, pues esta práctica les ayudará a desarrollar una relación personal con Dios que los guiará toda la vida.
Humildad y obediencia
La humildad es un valor que no se aprende solo de palabras, sino en la práctica diaria de reconocer nuestras limitaciones y nuestra dependencia de Dios. El autor afirma que Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes, por lo que la humildad es la llave que abre la bendición divina. Reconocer que somos seres humanos limitados, torpes e imperfectos nos permite acercarnos a Dios con sinceridad. La obediencia es la manifestación práctica de esta humildad: obedecer a Dios no es una carga, sino el camino hacia la verdadera felicidad y bendición. La gracia de Dios nos da la fuerza necesaria para cumplir con Su voluntad, y desde pequeños debemos enseñar a los hijos y seres queridos la importancia de obedecer, creando un entorno donde la disciplina y la entrega a Dios sean naturales y formativos.
El valor del esfuerzo
El esfuerzo es un pilar fundamental para el desarrollo personal y espiritual. No basta con tener buenas intenciones; es necesario esforzarse para aprender, enseñar y superar la pereza y la mediocridad que tantas veces limitan nuestro crecimiento. Esfuerzo también significa practicar el bien, evitar el mal y desarrollar la capacidad de amar más a Dios y al prójimo. Los niños deben aprender desde pequeños a esforzarse, no solo en la escuela o el deporte, sino también en valores y virtudes. El autor menciona que tanto hombres como mujeres deben adquirir habilidades prácticas, como cocinar, para no ser una carga para los demás y poder servir de manera efectiva. Cuando nos esforzamos de manera sincera, Dios ensancha nuestros hombros, aumenta nuestras fuerzas y nos permite llevar más cargas, no solo las propias, sino también las de quienes nos rodean, multiplicando nuestro impacto positivo en la vida de otros.
El llamado al discipulado
El autor hace un llamado claro a los jóvenes: sean valientes, no se dejen engañar por las mentiras ni se dejen arrastrar por las injusticias del mundo. Cada persona tiene dones naturales que puede usar para servir a Dios y ayudar a los demás. Comparte su experiencia en la comunidad Remar, donde al poner sus talentos al servicio de Dios, ha visto cómo Él los multiplica y potencia, generando cambios concretos en la vida de las personas. Invita a los creyentes a buscar un bautismo del Espíritu Santo y a recibir los dones sobrenaturales que Dios ofrece, para ser instrumentos más eficaces en la obra divina. Ser discípulo no es solo creer, sino vivir activamente la fe y transmitirla a otros, participando en la transformación del mundo que Dios desea.
Obreros para la mies
El autor enfatiza la urgente necesidad de obreros en la obra de Dios, ya que las necesidades del mundo son enormes y los servidores son pocos. Señala que orar por obreros no es suficiente; quienes oran también deben estar dispuestos a ofrecerse como servidores activos. Hace un llamado a los presentes para que se comprometan con Jesucristo como discípulos de acción, dispuestos a ser ministros, ayudadores, socorristas, mensajeros del reino y embajadores de Su justicia. El mensaje es claro: la fe sin acción no cumple la misión de Cristo. Cada creyente está llamado a participar en la transformación del mundo, usando sus dones y talentos para bendecir a otros y multiplicar la obra de Dios en la tierra.

Miguel Díez es presidente de la ONG Remar en 68 países y fundador de la iglesia Cuerpo de Cristo.

