Corre con paciencia la carrera de la fe // Miguel Díez
Introducción
En un mundo lleno de incertidumbre, violencia y miedo, estas cualidades se convierten en un refugio seguro para el corazón y en un testimonio vivo del poder transformador del Evangelio.
La paz de Dios guarda nuestra mente y nuestro espíritu en medio de la tribulación, y la paciencia, como fruto del Espíritu Santo, nos capacita para perseverar hasta alcanzar la meta de la fe. A lo largo de esta reflexión, veremos cómo la paciencia y la paz se aplican en la familia, las relaciones, la oración, el ministerio y la vida diaria del creyente.
La paz como fundamento del hogar y la familia
La casa y la familia deben ser un lugar de enriquecimiento para todos en todos los sentidos, ya que el Señor quiere un evangelio integral de bendición para el cuerpo, el alma y el espíritu, y también para la mente, la inteligencia, el entendimiento, la voluntad y el corazón.
Vivimos en un mundo lleno de miedo e incertidumbre por el estado actual de las cosas, pero aquellos que tienen la paz de Dios no deben sentir temor. Jesús ya profetizó que “por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12). Esto no debe sorprendernos, pues el mundo siempre ha estado en crisis, pero los que están en Cristo deben avanzar con más gozo, más sabiduría y más fe, compartiendo esta verdad con los demás.
El miedo puede ser quitado por Jesús, quien es el perfecto sanador del alma, ya que “en el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor” (1 Juan 4:18).
El poder de la paciencia
La ciencia de la paz es la paciencia. Jesús enseñó: “Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas” (Lucas 21:19). Cada creyente necesita desarrollarla, pues es un fruto del Espíritu Santo que nos ayuda a alcanzar la meta.
La paciencia es como una vacuna espiritual para el cuerpo, el alma y el espíritu. No hay nada que se pueda recibir o lograr sin ella, porque es un fruto divino que permite crecer y madurar. El apóstol Pablo lo confirma al decir que “el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza” (Gálatas 5:22-23).
La paciencia en la carrera de la fe
La vida cristiana puede compararse con una carrera de maratón. No se trata solo de participar, sino de llegar a la meta, y hacerlo con paciencia. Por eso la Biblia exhorta: “Corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:1-2).
Jesús mismo nos invita: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). La falta de paciencia puede llevar al abandono del ministerio y a la desesperación. Sin embargo, “el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mateo 24:13).
La paciencia en las relaciones humanas
La paciencia es también esencial en nuestras relaciones. En el matrimonio, la familia y la sociedad, la paciencia guarda la unidad. Pablo aconseja: “Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:2-3).
Jesús dijo: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9). Cuando respondemos con paciencia y amor, incluso a quienes nos hacen daño, glorificamos a Dios y podemos transformar vidas. De hecho, el apóstol Pablo declara: “No seáis vencidos de lo malo, sino venced con el bien el mal” (Romanos 12:21).
La paciencia en la oración y el ministerio
La oración requiere paciencia. Sin ella, se convierte en un intento de obtener respuestas inmediatas en lugar de buscar comunión con Dios. El salmista lo expresó así: “Esperé pacientemente a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor” (Salmo 40:1).
También en el ministerio, la fe y la paciencia son fundamentales, pues “por la fe y la paciencia se heredan las promesas” (Hebreos 6:12).
La paciencia y la madurez espiritual
La paciencia es una virtud divina que solo Dios produce en nosotros. Pablo enseña que “la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza” (Romanos 5:3-5).
Es el Dios de la paciencia quien nos capacita para mantener la unidad en la familia y la iglesia, como declara: “El Dios de la paciencia y de la consolación os dé entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús” (Romanos 15:5).
Hacer el bien con paciencia, incluso cuando no hay agradecimiento inmediato, es parte del amor cristiano. “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gálatas 6:9).
Ejemplos de perseverancia
La historia de creyentes perseguidos muestra cómo la paciencia en medio de la tribulación produce frutos de fe y esperanza. Pablo lo afirma: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia” (Romanos 5:1-3).
El paciente sufre por amor y por las injusticias, pero es vencedor porque el Señor lo fortalece y lo protege. Por eso Pablo escribe: “Nos gloriamos de vosotros en las iglesias de Dios, por vuestra paciencia y fe en todas vuestras persecuciones y tribulaciones que soportáis” (2 Tesalonicenses 1:4).
La recompensa de la paciencia
La paciencia es necesaria para hacer la voluntad de Dios y alcanzar la promesa, porque “os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa” (Hebreos 10:36).
Todo problema tiene un fin, y Dios sabe cuándo terminar cada prueba. Santiago anima diciendo: “Sea vuestra paciencia perfecta, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna” (Santiago 1:4).
Pidamos a Dios que quite la impaciencia de nuestro corazón y nos enseñe a esperar en Él. “Mejor es el lento para la ira que el poderoso; y el que gobierna su espíritu, que el que toma una ciudad” (Proverbios 16:32).
La verdadera paciencia es fruto del Espíritu Santo, y nos permite honrar a Dios, atraer a otros a Cristo y vivir en paz aun en medio de las tribulaciones.

Miguel Díez es presidente de la ONG Remar en 68 países y fundador de la iglesia Cuerpo de Cristo.

