Desecha lo malo y evita la amargura espiritual // Martín Campanela DISCIPULADO CUERPO DE CRISTO
Los frutos del Espíritu Santo y la actitud ideal
La expresión de los frutos del Espíritu Santo en la vida es fundamental para alcanzar plenitud en todas las áreas y ser útiles para el Señor. Esto se logra cuando se tiene una actitud ideal y una forma correcta de ver y entender la realidad que nos rodea. Los frutos del Espíritu encuentran su complemento en la forma en que Dios desea que seas como persona. Aunque existan diferentes personalidades y caracteres como los flemáticos, melancólicos o sanguíneos, la actitud que debe prevalecer es única y se basa en la imitación de Cristo.
La Biblia desafía a ser imitadores de Cristo y a tener una actitud similar a la suya, sin opciones para ser de otra manera. Dios comprende que cada persona tiene conflictos y problemas, pero es importante que todo esto esté sujeto a una forma y actitud coherente con su voluntad. Por eso, es esencial pedir a Dios que sujete y haga converger todas las situaciones y tribulaciones, para darles una forma que evite convertirse en personas explosivas o impulsivas. En lugar de ello, debemos ser un ejemplo y una referencia para los demás como discípulos y obreros de Dios.
La imitación de Cristo y la transformación personal
La actitud y forma de ser de un discípulo deben estar basadas en la imitación de Cristo, buscando expresarse y relacionarse de manera coherente con la enseñanza bíblica. Esto requiere una comprensión profunda de la realidad y de la voluntad de Dios. La forma en que una persona se comporta y piensa es crucial, pues es un embajador de Cristo en distintos contextos como una congregación, una ciudad, un taller o cualquier tarea diaria. Dios está trabajando en cada uno, transformando su carácter y moldeando su vida.
La retención del mal y su impacto espiritual
La incapacidad de retener lo bueno y desechar lo malo puede impedir la sanidad y el crecimiento espiritual. Esta situación suele relacionarse con la dificultad de limitarse a hacer lo correcto y mantener una buena actitud. Es importante reconocer que todos, incluidos líderes y pastores, tienen defectos. No se trata de justificarlos, sino de aceptar la realidad y esforzarse por tener una actitud correcta, evitando que las circunstancias y las personas nos afecten negativamente.
Si no se guarda el corazón y se entiende que estamos desnudos delante del Señor, se puede caer en la amargura. Dios no negociará con quien permite que esto avance, por lo que es crucial no seguir ese camino. Cuando aparecen obstáculos en la vida —como problemas, palabras, recuerdos o dificultades con personas— y no se decide dejarlos a un lado, se impide la sanidad, el crecimiento y el desarrollo de los frutos del Espíritu. Por ello, es necesario tomar la decisión de dejar atrás lo que genera malestar, enojo o desilusión, sin permitir que nos afecte.
La responsabilidad en situaciones difíciles
Cuando las dificultades entran en la vida, es fundamental no permitir que se queden dando vueltas y afecten el corazón. Debemos ser maduros y espirituales para bendecir, corregir y ayudar a los demás, sin desinteresarnos por completo. La decisión de ignorar los problemas no es la solución; en lugar de eso, se debe actuar con responsabilidad, tomando la situación en las manos y bendiciendo a otros, sin dejar de lado la realidad.
Dios no quiere que nos lavemos las manos y dejemos los problemas fuera para tener paz. Él nos llama a ocuparnos de ellos y a bendecir, recordando que más bienaventurado es dar que recibir. La persona que no da, no recibe; por eso, si no se siembra, no se pueden esperar abrazos, oportunidades, perdón o misericordia. Debemos sembrar para recibir.
El principio de dar y recibir
Las disensiones y los problemas entre personas pueden ser permitidos por Dios para revelar quiénes son los aprobados y quiénes están dispuestos a ceder, pacificar y buscar un punto de encuentro. Retener lo malo no trae crecimiento. Las personas que aprenden a desechar lo malo han logrado una renovación de mente y corazón, y han sido regeneradas por el Espíritu Santo.
La regeneración espiritual es clave para convertirse al Señor y transformarse en otra persona. Es necesario que las personas se conviertan para poder crecer espiritualmente y no retener lo malo. Por ello, es importante pararse frente a un espejo y preguntarse cuánto de uno mismo todavía permanece, como un paso hacia el crecimiento personal.
La amargura y la necesidad de humildad
Quienes no han sido regenerados pueden actuar negativamente, pero incluso aquellos que han sido transformados pueden dejar entrar raíces de amargura si no se cuidan. La amargura y la frustración suelen entrar por contiendas, enojos o falta de madurez. Por eso, es esencial encomendar la situación al Señor, siendo humildes y respetuosos.
La comunicación respetuosa y cariñosa con los demás es vital, especialmente cuando algo nos ha lastimado. Decir con amor y respeto: “Hermana, hermano, con cariño, con respeto, tengo que decirte que me siento mal”, es un ejemplo de madurez. La forma en que se dice algo es determinante para que la relación funcione.
La comunicación respetuosa y el crecimiento espiritual
Dios puede abrir los ojos para darnos cuenta de que vamos muy rápido o muy lento, y que necesitamos bajar la velocidad o esperar a las personas. Es importante resolver los problemas y ayudar a otros a resolverlos. Las personas que no están convertidas o que han permitido raíces de amargura tienden a ver lo malo y retenerlo, quedando estancadas emocional y ministerialmente.
No es necesario ser de acero inoxidable, pero sí tomar la decisión de tener una actitud correcta delante de Dios y con las personas. En lugar de preguntarnos cómo comportarnos con alguien, debemos preguntarnos cómo comportarnos delante de Dios con esa persona, recordando que Él observa nuestro comportamiento y actitud.
La actitud ante Dios y los demás
Cada persona es creada a imagen y semejanza de Dios, y lo que se hace a ella se hace a Dios. Por ello, es importante recordar esto y actuar con madurez, evitando caer en la amargura y demostrando que somos pacificadores en medio de conflictos. Es fundamental saber decir “stop” cuando el enemigo está ganando terreno en el corazón y en los pensamientos.
La disciplina y la corrección forman parte del ministerio. A veces puede ser doloroso decirle a alguien que debe hacerse a un lado, pero es necesario orar para que nunca sea necesario hacerlo. El llamado es a mantener una actitud de madurez y obediencia.
Examinar lo bueno y desechar lo malo
La Biblia enseña en 1 Tesalonicenses 5:21 a “examinarlo todo, retened lo bueno”, lo que implica desechar lo malo. Debemos buscar lo bueno en las personas en lugar de coleccionar espinas y errores. Si se busca fallas, siempre se encontrarán muchas, pero esto puede llevar a convertirse en alguien amargado, en lugar de alguien que edifica.
Cuando se retiene lo malo, se permite que entren raíces de amargura en el corazón. Por eso, es importante pedir perdón y detener ese proceso. La decisión de tomar una determinación y pedir perdón llama la atención de Dios para que las cosas en el corazón no avancen, y así se puede experimentar la gracia y el poder del Espíritu Santo.
La gracia de Dios y el perdón
La gracia de Dios y el poder del Espíritu Santo pueden intervenir para evitar que digamos o hagamos cosas que hieran a otros. En lugar de eso, podemos mostrar los atributos de Dios y los frutos del Espíritu, como el amor y la enseñanza. Un discípulo nunca debería ridiculizar u ofender a alguien delante de otros; si ocurre, debe pedir perdón públicamente.
La capacidad de perdonar y tener misericordia es un don de Dios. Es importante aprender a mirar las cosas de manera positiva, porque como dice Mateo 11:34, “Cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz”. La forma en que vemos las cosas puede llevar a una vida llena de luz o de tinieblas.
La crítica versus la transformación
No basta con no permitir que lo malo envíe mensajes negativos; es necesario actuar. No debemos convertirnos en expertos en crítica, sino en personas que marquen la diferencia y transformen lo que está a su alcance. El liderazgo cristiano implica encontrar el equilibrio entre advertir y exhortar, sin volverse críticos que se dejan llevar por pensamientos de superioridad.
La gracia de Dios es suficiente, pero requiere un corazón dispuesto a recibirla. La unción y la gracia no se derraman sobre cualquier vida; se necesitan humildad, obediencia y disposición. En la época actual, la gracia es una realidad poderosa, pero no es barata: cuesta.
La historia de Pedro y Juan como ejemplo
La historia de Pedro y Juan ejemplifica cómo Dios tiene un propósito individual para cada persona. Pedro caminaba con Jesús y Juan venía detrás. Jesús le dijo a Pedro que sufriría un martirio y que pagaría un precio alto, pero que también oraría por él para que tuviera fuerzas. Cuando Pedro preguntó por Juan, Jesús le respondió que no era asunto suyo y que debía seguir adelante.
Esto muestra que Dios hace cosas grandes con personas que tienen problemas, como Pedro. Las llaves del liderazgo no fueron para Juan, sino para Pedro. Cada discípulo tenía un propósito específico dentro del plan de Dios, y el amor de Dios no es sin acepción de personas, sino que tiene propósitos puntuales para cada uno.
La contención y los celos espirituales
La contención y los celos pueden generar perturbación y obras perversas. La contención se define como una acumulación de situaciones sin resolver, enojos y quejas que pueden estallar. Donde hay celos, falta paz y se abren puertas a actitudes destructivas. Por eso, es importante retener lo bueno y desechar lo malo, manteniendo un corazón humilde y dispuesto a sanar.
La humildad y la renovación personal
Ser humildes y ponernos delante de Dios con nuestros errores es esencial para decidir ser mejores desde dentro hacia afuera. Esto puede tomar tiempo, pero es necesario. El justo puede caer y levantarse siete veces, y debe tener actitudes recurrentes de perdón, amor y paciencia, no solo con quienes le caen bien, sino con todos.
Cuando sea necesario corregir a personas difíciles que se niegan a sanar, debemos buscar la gracia de Dios para llegar a sus corazones con amor genuino, demostrando que nos importa su vida y no solo cumplir un deber.
Oración final y súplica por gracia
Al final, se hace una oración pidiendo perdón por pecados y faltas, y solicitando la gracia, sabiduría e inteligencia para ser edificadores y no juzgadores. Se pide que la palabra de Dios salga limpia del corazón y la boca, y que la misericordia divina se derrame sobre los discípulos para que crezcan como obreros llenos de gracia, con visión, cariño, paciencia y sabiduría.
Se solicita también que si surgen heridas, enojo o frustración, Dios sea la sanidad a través de la oración, la paz, el entendimiento y el perdón. La meta es renovarse cada día y tener la actitud correcta para no cansarse de hacer el bien, para así cosechar los frutos de los esfuerzos si no se desmayan, en el nombre de Jesús.

