Dios te dará mucho más

Dios te dará mucho más – Charles Spurgeon

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Principios de la gracia divina y el Evangelio

La Biblia enseña que Dios da más a los que tienen y quita a los que no tienen, como se afirma en Mateo 13:12, donde se declara que al que tiene se le dará más, y al que no tiene se le quitará aun lo que cree tener. Este principio establece una ley espiritual que atraviesa todo el Evangelio y muestra la manera en que Dios obra en la vida de las personas.

Existen dos principios generales en el Evangelio que no se contradicen, sino que se complementan. Por un lado, Dios da de Su gracia a los que están vacíos y hambrientos, colmándolos de bienes. Por otro lado, una vez que Él ha concedido una medida de gracia, es Su costumbre dar todavía más, pues Él da mayor gracia. Estos principios corresponden a distintas etapas de la condición espiritual y cada uno tiene su propio ámbito de aplicación.

La necesidad de una fe genuina y humilde

Para quienes aún no han sido salvados, el principio fundamental es que Dios llena al que está vacío y alimenta al hambriento. El pecador debe acudir a Dios sin nada propio, salvo sus necesidades, y pedirlo todo de Sus manos. La gracia es para los indignos, para los culpables y para los necesitados, y el Evangelio no exige un carácter santo como condición previa.

El Evangelio se acerca al pecador tal como está, lo mira con compasión, perdona sus pecados y lo transforma en una nueva y santa criatura. Sin embargo, cuando alguien afirma haber recibido gracia, le corresponde asegurarse de que realmente la ha recibido, porque sin los comienzos verdaderos de la gracia no puede haber crecimiento espiritual.

Es esencial acudir a Dios con un corazón humilde, reconociendo la propia necesidad de gracia. El Señor no escatima ni establece límites a la abundancia de gracia que concede a quienes se acercan a Él con sinceridad.

La parábola del sembrador y la recepción de la palabra

La recepción de la palabra de Dios debe ir acompañada de una verificación sincera para evitar el engaño espiritual. Es necesario que la palabra quede alojada en los surcos del alma, porque de lo contrario se corre el riesgo de perder lo que se cree tener y quedar demostrado como estéril e infecundo.

Cuando la luz del cielo ha entrado verdaderamente en el alma, el Señor añade un incremento generoso, y mientras se progresa en el conocimiento de Dios, la luz resplandece cada vez más. Pero si todo es apariencia, esa luz termina apagándose. Este principio se ilustra claramente en la parábola del sembrador, donde se muestra que a quienes tienen se les dará más, y a quienes no tienen se les quitará incluso lo poco que poseen.

La parábola se relaciona directamente con la manera de oír la palabra de Dios. Así como se considera el contexto al leer escritos humanos, también es sabio hacerlo con la palabra divina para entender la mente del Espíritu.

Consecuencias de una recepción superficial del Evangelio

La semilla que cae junto al camino representa a quienes están ocupados con prejuicios, obstinaciones y ambiciones, y no permiten que el Evangelio penetre en sus corazones. Aunque asistan a los servicios religiosos, sus corazones están lejos, y Satanás arrebata la palabra para impedir que tenga entrada real.

El resultado de esta audición simulada es la pérdida de lo que parecía tenerse. Estas personas no reciben ningún beneficio real del culto y se endurecen cada vez más contra el Evangelio. En contraste, quienes reciben la verdad de corazón se vuelven capaces de comprender más, perciben mayor dulzura y experimentan un poder más profundo en la palabra de Dios.

El ministerio del Evangelio produce efectos opuestos según la actitud del oyente. Para unos, los caminos del Señor destilan abundancia, mientras que para los incrédulos y descuidados se convierten en una carga cada vez más pesada. Por eso Cristo exhorta: “Mirad lo que oís”, advirtiendo contra la indiferencia y la falsa doctrina.

La exclusividad de Cristo y la entrega total

El Evangelio no puede compartirse con otros amores o intereses. Cristo no acepta ser uno de dos maestros y exige una entrega completa del corazón. La semilla sembrada entre espinos ilustra a quienes reciben la palabra, pero también permiten que el mundo crezca junto a ella, impidiendo su desarrollo.

La Escritura llama a salir de en medio de los impíos y a no tocar lo inmundo, recordando que quien ama al mundo no tiene el amor del Padre. Si se recibe a Cristo, es necesario desechar el amor al mundo, porque Él quiere todo el corazón o nada.

La palabra de Dios debe morar verdaderamente en el interior. Si no entra en el corazón, pronto se pierde, pero si se recibe plenamente, produce fruto abundante conforme a su naturaleza.

El crecimiento de la gracia y la fe

Quien recibe la palabra obtiene más, mientras que quien no la recibe pierde incluso lo que parecía poseer. No existe un estado de inmovilidad espiritual, sino un movimiento constante hacia el crecimiento o hacia la pérdida. Esta verdad se confirma tanto en la experiencia espiritual como en la vida cotidiana.

La fe comienza con verdades elementales. Cuando una persona reconoce que es pecadora y confía en que Cristo vino a salvar a los pecadores, ya tiene algo, y a quien tiene se le dará más. La fe en lo básico conduce, por la gracia del Espíritu Santo, a un entendimiento más profundo de los misterios del Evangelio.

Lo mismo ocurre con otras virtudes espirituales. El arrepentimiento se profundiza, la fe se fortalece, el amor a Dios crece y el celo por Su gloria se intensifica cuando estas realidades son genuinas desde el principio. La verdadera gracia siempre crece porque tiene vida en sí misma.

La conversión genuina y la autocrítica

El crecimiento espiritual es un don de Dios y presupone vida interior. Los creyentes pueden cobrar ánimo, porque a quienes tienen se les dará más gracia. La vida cristiana no está destinada a permanecer en la infancia espiritual, sino a crecer hasta la madurez.

Es necesario examinarse para saber si se posee realmente la simiente celestial. Muchos pueden profesar ser cristianos sin serlo en verdad. La fe en Jesús debe ser real y no solo una apariencia prolongada en el tiempo.

Cada persona debe ponerse bajo el examen divino y pedir al Señor que la escudriñe, porque si no hay gracia verdadera, no solo no se recibirá más, sino que incluso se perderá lo que se cree tener.

Los peligros de la hipocresía y la pérdida de la gracia

Quienes oyen el Evangelio sin recibirlo de corazón pueden terminar perdiendo todo deseo de escucharlo. Lo que antes parecía edificante se vuelve tedioso, y la capacidad de apreciar la verdad se desvanece. Incluso quienes experimentaron ciertos efectos positivos pueden perderlos si no perseveran.

La reforma externa y la alegría superficial no bastan para una transformación real. Si la obra del Evangelio no es interna, la persona puede acabar en una condición peor que la inicial. En estos casos, el Evangelio se convierte en olor de muerte para muerte.

La religión sin transformación produce vidas miserables, sostenidas por apariencias y marcadas por la hipocresía. Cuando la impostura ya no puede mantenerse, el resultado es ruina espiritual, como ocurrió con Judas.

Consecuencias finales de la religiosidad superficial

El final de una vida de hipocresía es un despertar terrible. Quienes solo oyeron el Evangelio sin recibirlo pueden pasar de escuchar la palabra a enfrentar el rechazo divino, oyendo las palabras de Cristo: “Nunca os conocí; apartaos de mí”.

La condenación asociada a esta falsa religiosidad es un destino espantoso. Por esta razón, se eleva una súplica a Dios para que salve a las almas de tal fin, por causa de Su nombre y de Su gracia soberana.

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