El peligro de la división en el pueblo de Dios // Miguel Díez
¿Cómo opera el espíritu de división?
El maligno emplea diversos intentos estratégicos con el objetivo de robar, matar y destruir tanto a los ministerios como a los ministros. Una de estas estrategias consiste específicamente en intentar dividir a las personas, siguiendo el principio de «divide y vencerás».
Sin embargo, el propósito divino es diferente: Dios busca la suma y la multiplicación, no la división. Cuando la división entra en las relaciones, en las familias, en los matrimonios o en la iglesia, sus consecuencias pueden ser desastrosas.
La separación de Abraham y Lot
La historia de Abraham y Lot, relatada en Génesis 13, muestra las consecuencias que puede tener una separación. Lot experimentó una gran prosperidad mientras permaneció junto a Abraham, quien era considerado el ungido de Dios y el padre de la fe. Dios había multiplicado los rebaños, la riqueza, la honra y la autoridad de Abraham, además de concederle hijos.
Abraham había tomado anteriormente una decisión carnal al engendrar un hijo por sugerencia de su esposa, en lugar de esperar el cumplimiento de la voluntad de Dios. Aunque Dios no lo fulminó por su pecado, aquella decisión tuvo consecuencias, pues ese hijo se convirtió en la raíz de las doce tribus enemigas de Israel.
Después, Dios cumplió su promesa de manera milagrosa y Abraham recibió a Isaac, el hijo de la fe, a pesar de la esterilidad de su esposa y de la avanzada edad de ambos. Los creyentes actuales son considerados israelitas verdaderos por la fe, engendrados por el espíritu y no por la carne o la sangre.
Mientras Lot permaneció junto a Abraham también prosperó considerablemente. Pero el crecimiento de los bienes de ambos terminó provocando contiendas entre sus siervos, porque el territorio ya no era suficiente para mantener juntos todos sus rebaños.
Abraham decidió entonces evitar nuevos conflictos y propuso a Lot que se separaran, dándole la oportunidad de escoger primero hacia dónde quería dirigirse. Lot eligió las tierras fértiles cercanas a Sodoma y Gomorra, tomando el camino de la independencia.
Aquella elección terminó trayendo una terrible desgracia sobre Lot. Esta historia es presentada como una enseñanza sobre los peligros de la división y sobre la importancia de permanecer unidos.
Las consecuencias de la división en el matrimonio y la iglesia
La división puede tener consecuencias profundas en diferentes ámbitos de la vida. Dentro del matrimonio puede conducir al divorcio y, en la familia, puede generar rebeldía y provocar que los hijos se alejen de sus padres.
También puede aparecer dentro de la iglesia. La soberbia puede llevar a una persona a rebelarse contra su pastor y a intentar establecer su propio ministerio o proyecto independiente. De acuerdo con el mensaje expuesto, quienes provocan división no reciben la bendición de Dios, porque el esfuerzo humano resulta inútil si no cuenta con la edificación divina.
Por esta razón, se presenta la necesidad de vigilar y reprender a quienes promueven la división y, finalmente, apartarlos si persisten en esa conducta.
La unidad es presentada como uno de los grandes milagros del ministerio mencionado, que ha logrado mantenerse durante 45 años y tener presencia en 80 países. Aunque existan diferentes idiomas, formas y expresiones culturales, se mantiene una misma fe, un mismo Señor y una misma visión.
Tener un mismo sentir en Cristo
Filipenses 2:1-4 exhorta a los creyentes a buscar la unidad mediante la comunión del Espíritu, el afecto entrañable y la misericordia. La verdadera unidad comienza cuando el corazón de los creyentes late conforme a los deseos de Cristo.
Por eso, la vida cristiana no puede depender exclusivamente de los sentimientos personales, porque estos pueden ser engañosos. La fe debe ser el fundamento que permita alcanzar un mismo sentir y una misma alma.
Filipenses también advierte contra la contienda y la vanagloria y llama a practicar la humildad, considerando a los demás como superiores a uno mismo. Reconocer que otras personas pueden tener capacidades superiores en determinadas áreas ayuda a evitar tanto los complejos de inferioridad como los de superioridad.
La unidad significa dejar de buscar únicamente el interés propio y comenzar a considerar las necesidades de los demás. El amor fraternal se manifiesta cuando una persona es capaz de identificar las necesidades de sus hermanos y atenderlas sin esperar necesariamente que le pidan ayuda.
Sobrellevar las cargas de los demás en amor es, por tanto, una expresión fundamental de la unidad dentro del cuerpo de Cristo.
La obra pertenece a Cristo
También existe el peligro de que los ministros consideren determinadas zonas de trabajo como si fueran territorios personales. Sin embargo, la obra pertenece a Cristo y a todo el cuerpo de creyentes.
Esto incluye iniciativas como Remar en el País Vasco o Galicia. No pertenecen exclusivamente a determinados grupos regionales, sino que son propiedad del Señor y de todos los creyentes.
Por eso también se advierte sobre el peligro de buscar protagonismo. El crecimiento de una organización o de un proyecto nunca debe convertirse en el motor principal de las acciones. Existe incluso el riesgo de llegar a amar más a la organización o al proyecto de Remar que al propio Señor.
La obra debe entenderse como un instrumento y no como un fin en sí mismo. El objetivo fundamental es que todos los creyentes lleguen juntos a la meta.
La responsabilidad de cuidar a los demás
Cada persona debe responder existencialmente ante Dios no solamente por sí misma, sino también por su prójimo. Los padres tienen responsabilidad sobre sus hijos incluso cuando estos crecen, y de una manera semejante los pastores tienen la responsabilidad de cuidar a las ovejas que les han sido confiadas.
El buen pastor se caracteriza por estar dispuesto a dar la vida por sus ovejas y por comprender que deberá rendir cuentas ante Dios por ellas. Por eso, el ministerio implica una gran responsabilidad, pues quienes han sido consagrados para guiar a otros deberán responder delante del Señor por el bienestar de aquellos que están bajo su cuidado.
La verdad y la paz vencen la contienda
Zacarías 8:16-17 establece principios para evitar la contienda y fomentar la unidad. Uno de ellos es hablar siempre con la verdad y rechazar cualquier forma de mentira en la relación con el prójimo.
Cuando se ha cometido una falta mediante la mentira, la respuesta debe ser el arrepentimiento, la confesión y la búsqueda del perdón. Del mismo modo, el juicio debe realizarse basándose en la verdad de Cristo Jesús y no en pensamientos, sentimientos o perspectivas personales.
La paz y la unidad están profundamente relacionadas. No puede existir verdadera unidad mientras permanecen las contiendas, enemistades, enojos, reproches o divisiones.
Incluso pensar mal contra otra persona en el corazón es presentado como una forma de pecado y de juicio. Cuando se conoce una falta o un fallo en alguien, la respuesta no debe consistir en juzgarlo, sino en buscar maneras de bendecirlo y amarlo para ayudarle a superar el mal.
Existe además una relación directa entre lo que se piensa y lo que se habla. Si una persona piensa mal de su hermano, terminará hablando mal de él, convirtiendo sus palabras en una forma de maldecir al prójimo.
Por eso, la verdadera unidad requiere examinar el corazón y detectar cualquier enemistad o contienda que pueda estar impidiendo una comunión genuina. También es necesario pedir ayuda a Dios para ser liberados de aquellas situaciones que dificultan la unidad entre los creyentes.
La verdadera amistad dentro del cuerpo de Cristo
La relación entre los creyentes debe superar el simple vínculo de hermandad para convertirse también en una amistad profunda. Jesucristo mismo llamó amigos a sus seguidores, mostrando una relación que no debía limitarse a la condición de siervos.
La amistad con Cristo está fundamentada en el amor y la obediencia. Mantener una relación personal requiere comunión, acercamiento y comunicación constante.
Proverbios 17:17 enseña que el amigo ama en todo tiempo. Este amor entrañable debe superar las diferencias jerárquicas o ministeriales, de manera que pastor, copastor, diácono y cualquier otro creyente puedan desarrollar verdaderos vínculos de amistad.
Las amistades genuinas son especialmente importantes en momentos de angustia, enfermedad o dificultad. Proverbios 18:24 también señala que quien desea tener amigos debe mostrarse amistoso y que existen amistades que pueden llegar a ser más unidas que la propia hermandad.
Aunque no sea posible mantener una intimidad profunda con miles de personas, las experiencias compartidas en momentos críticos pueden crear vínculos muy significativos. De igual manera, el trabajo ministerial realizado conjuntamente permite compartir experiencias profundas de fe, evangelización y transformación espiritual.
Jesús, el amigo perfecto
La verdadera amistad alcanza su máxima expresión cuando existe disposición a arriesgar la propia vida por el otro. Jesús es presentado como el ejemplo del amigo perfecto.
En 1 Juan 3:16 se establece que los creyentes deben estar dispuestos a dar la vida por sus hermanos, siguiendo el ejemplo de Dios, que amó primero y entregó a su Hijo.
El ministerio implica precisamente sacrificio de tiempo, energía y vida en favor de los demás, además de afrontar tribulaciones y obstáculos.
La unidad es descrita como algo glorioso que Dios honra y que únicamente puede alcanzarse mediante la conexión con Cristo. Para llegar a este nivel de amor y unidad es necesario renunciar al protagonismo, a los razonamientos personales y a los sentimientos propios, aprendiendo a negarse a uno mismo.
Perfectamente unidos en una misma mente
1 Corintios 1:10 exhorta a los creyentes a hablar todos una misma cosa y a estar perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Esto implica dejar de lado las opiniones personales para adoptar el pensamiento de Cristo.
El objetivo espiritual consiste en llevar la mente propia cautiva a la mente de Cristo, de manera que sean los pensamientos de Jesús, y no los pensamientos humanos, los que se manifiesten a través de las palabras.
La división también puede afectar gravemente al matrimonio. Se señala la preocupación por la elevada tasa de divorcios dentro de la Iglesia evangélica y por el aumento de separaciones entre pastores.
Frente a esta realidad, el ministerio mencionado se presenta como un instrumento de reconciliación que ha ayudado a fortalecer matrimonios y a liberarlos del espíritu de división. La misma necesidad de unidad se extiende a las relaciones entre padres e hijos.
Proteger el matrimonio de la tentación y el engaño
La tentación también puede convertirse en una herramienta de división. Se presenta como una de las estrategias más peligrosas el consejo de Balaam, relacionado con la seducción y con la atracción hacia la idolatría.
El ejemplo del rey Salomón muestra que incluso un hombre reconocido por su sabiduría podía ser desviado mediante la seducción de mujeres.
Por esta razón, se advierte a los solteros sobre la posibilidad de que un espíritu de seducción opere mediante pasiones románticas o carnales. También se exhorta a no dejarse llevar por relaciones que no cuenten con la aprobación de quienes velan espiritualmente por la persona.
El ejemplo de Isaac y Rebeca se presenta como un modelo de confianza y obediencia. El padre de Isaac recibió instrucciones de Dios para encontrar esposa para su hijo, y Rebeca llegó mediante la obra del Espíritu Santo y la obediencia del mayordomo.
La enseñanza presentada es que el Señor tiene preparada la esposa y puede indicar dónde encontrarla, directamente o mediante padres y pastores ungidos. Ante una relación romántica que estos desaprueban, se exhorta a escuchar la dirección de Dios en lugar de seguir únicamente los impulsos del corazón.
La obediencia a las instrucciones de Dios es presentada como la sabiduría perfecta para alcanzar lo mejor.
Guardar la unidad del Espíritu
Efesios 4 presenta la unidad como una prioridad fundamental para el matrimonio, la familia, el ministerio y todo el cuerpo de la iglesia.
Los creyentes son llamados a vivir de manera digna de su vocación, practicando la humildad, la mansedumbre y la paciencia unos con otros en amor.
Debido a la imperfección humana y a la dificultad de controlar la lengua, pueden surgir diferencias, roces y tensiones. En estas situaciones, el Espíritu Santo debe despertar la conciencia para reconocer los errores, pedir perdón y buscar el dominio propio necesario para evitar palabras que carezcan de amor.
El amor es esencial para soportar las dificultades y conservar la unidad. Guardar la unidad del Espíritu significa darle una importancia vital, buscarla activamente, pedirla a Dios y realizar todo lo legítimo que sea necesario para preservarla.
La unidad es presentada como un tesoro glorioso y milagroso que debe protegerse mediante el vínculo de la paz, especialmente frente a los intentos de provocar disturbios, sospechas, contiendas y confrontaciones.
Esta unidad tiene como fundamento un solo cuerpo, un solo Espíritu, una misma esperanza de vocación, una sola fe y un solo bautismo.
La oración de Jesús para que seamos uno
Juan 17 recoge la oración de Jesús por la unidad de sus seguidores. Esta oración no debe permanecer únicamente como una referencia teórica, sino convertirse en una realidad que los creyentes vivan.
Jesús oró por aquellos que le habían sido dados por el Padre y afirmó la comunión entre el Padre, el Hijo y aquellos que pertenecen a Cristo.
La unidad entre el Padre y el Hijo se presenta como el modelo para los creyentes. Esto implica adoptar una actitud de generosidad y desprendimiento, entendiendo que todo lo que se posee pertenece al Señor y debe estar disponible para los demás.
También se plantea la necesidad de eliminar el sentido de propiedad personal expresado constantemente mediante la palabra «mío». La familia, la iglesia y los hijos no deben convertirse en objetos de posesión personal, porque el ser humano no posee nada por sí mismo, sino aquello que Dios concede y guarda en el cielo.
Jesús no solamente oró por sus discípulos inmediatos, sino también por aquellos que creerían en Él mediante la palabra de ellos. Esto incluye a quienes llegarán a creer a través de la predicación.
Una unidad que puede transformar al mundo
La unidad de los creyentes, reflejada en la relación entre el Padre y el Hijo, tiene también un propósito de testimonio. Jesús pidió que sus seguidores fueran uno para que el mundo creyera que el Padre le había enviado.
Por eso, una unidad profunda y genuina entre los cristianos puede convertirse en un testimonio capaz de provocar asombro, producir un cambio significativo y dar lugar a un avivamiento.
La gloria que el Padre dio a Jesús ha sido entregada a los creyentes con el propósito de unificarlos. Por esta razón, no se trata de buscar la gloria de los hombres, sino de permitir que la gloria recibida de Cristo actúe como instrumento del Espíritu para alcanzar la unidad.
La enseñanza central es que la división destruye, mientras que la unidad permite avanzar juntos hacia la meta. El llamado es a dejar de lado el protagonismo, las opiniones y los intereses personales para buscar el pensamiento de Cristo, vivir en amor, cuidar al prójimo y guardar la unidad del Espíritu.

Miguel Díez es presidente de la ONG Remar en 68 países y fundador de la iglesia Cuerpo de Cristo.

