Felipe y el Etíope: Preparados para ser usados por Dios

Felipe y el Etíope: Preparados para ser usados por Dios

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Felipe y el llamado divino

Felipe fue un hombre de fe, obediente y lleno del Espíritu Santo. En un momento de quietud, el ángel del Señor le habló y le dio una instrucción precisa: debía levantarse y dirigirse hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza. Aquel camino era desierto, solitario, sin grandes atractivos humanos, pero allí lo esperaba un propósito divino. Sin cuestionar, sin buscar explicaciones, Felipe obedeció. Su disposición a moverse según la dirección de Dios muestra el corazón de un siervo sensible a la voz del Espíritu.

Un encuentro preparado por Dios

En ese mismo camino viajaba un hombre etíope, un alto funcionario de Candace, reina de los etíopes. Era un hombre de autoridad y responsabilidad, encargado de todos los tesoros de su nación. Había ido a Jerusalén para adorar, lo cual revela su búsqueda sincera de Dios, su anhelo de verdad, y su deseo de encontrar sentido espiritual más allá de sus deberes terrenales. De regreso a su tierra, iba sentado en su carro leyendo al profeta Isaías. Mientras avanzaba por el desierto, Dios ya había preparado un encuentro divino entre este hombre hambriento de verdad y su siervo obediente, Felipe.

La guía del Espíritu Santo

El Espíritu habló nuevamente a Felipe y le dijo: “Acércate y júntate a ese carro”. Felipe no dudó, sino que corrió hacia él. Su prontitud refleja la pasión del evangelista que no quiere perder ninguna oportunidad de hablar de Cristo. Al acercarse, oyó al etíope leyendo en voz alta el libro del profeta Isaías. Entonces le hizo una pregunta sencilla pero profunda: “¿Entiendes lo que lees?”. El etíope, con humildad y reconocimiento de su necesidad, respondió: “¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?”. Luego invitó a Felipe a subir y sentarse con él en el carro. En ese gesto de apertura, se cumplía el propósito de Dios: un corazón dispuesto a escuchar y un siervo dispuesto a enseñar.

El mensaje de Isaías revelado

El pasaje que leía el etíope hablaba del siervo sufriente, de aquel que fue llevado como cordero al matadero y que no abrió su boca ante los que lo oprimían. Era un texto mesiánico, una profecía que señalaba directamente a Jesús. El etíope preguntó a Felipe: “Te ruego que me digas, ¿de quién dice el profeta esto? ¿De sí mismo o de algún otro?”. Entonces Felipe, tomando aquel punto como punto de partida, le anunció las buenas nuevas de Jesucristo. La lectura se transformó en revelación. Lo que antes era letra, ahora se convertía en vida, porque el Espíritu iluminaba la mente y el corazón del oyente a través del testimonio del evangelio.

La conversión y el bautismo

Mientras continuaban su camino, llegaron a un lugar donde había agua. El etíope, conmovido por la verdad recibida, exclamó: “Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?”. Su pregunta revelaba la fe nacida en su corazón. Felipe le respondió que si creía de todo corazón, podía hacerlo. Entonces el etíope confesó su fe diciendo que creía que Jesucristo es el Hijo de Dios. Ambos descendieron al agua, y Felipe lo bautizó allí mismo. Fue un acto de entrega, una señal visible de una transformación interior.

Al salir del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe, y el etíope no lo vio más. Pero su alma se llenó de gozo. Siguió su camino gozoso, porque quien ha encontrado a Cristo ya no necesita más explicación: lleva en sí la presencia del Salvador. En aquel desierto, un corazón fue alcanzado, una nación fue tocada por la fe, y la obediencia de un siervo abrió una puerta eterna de salvación.

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