Heme Aquí, Envíame a Mí: Un Llamado a Ser Enviado
Los cuatro pasos para ser un enviado de Dios
Ser un enviado de Dios implica seguir cuatro pasos fundamentales: ser llamado, ser bautizado, ser ungido y ser enviado. Muchos que han seguido este camino han logrado grandes cosas en su ministerio, demostrando que la obra de Dios no es en vano y que cada esfuerzo cuenta. Los enviados deben trabajar con constancia y fe, multiplicando discípulos armados con la armadura de Dios y llenos del Espíritu Santo. Quienes salen de su entorno para cumplir la misión deben ser fortalecidos por Dios, recordando que la victoria se alcanza en la obediencia y la dedicación al ministerio.
Crecimiento espiritual y dones del Espíritu
A diferencia de los animales, los humanos pueden crecer espiritualmente en fe, amor, sabiduría y poder. La medida de fe y los dones sobrenaturales, como la sanidad, el discernimiento, los milagros y la administración de recursos de Dios, son esenciales para actuar con compasión y demostrar el poder divino en la vida de los demás. Dios nos invita a participar activamente en Su obra, y abandonar el servicio implica perder el manto de la unción, mientras que crecer en fe y amor permite multiplicar discípulos y abrir nuevas congregaciones.
Obediencia, amor y disponibilidad para servir
La fe y el amor se reflejan en amar a los demás como Cristo nos amó. El bautismo de fuego y del Espíritu Santo transforma y purifica a los creyentes, eliminando religiosidad y culpas, y permite experimentar a Dios personalmente. Responder “hineni” o “heme aquí” muestra disposición para ser enviados a cualquier lugar, utilizando dones y habilidades para ayudar a quienes necesitan sanidad, consuelo y guía espiritual. La obediencia a Dios y la participación en Su obra aseguran que el reino se multiplique y que la iglesia crezca en todas las naciones.
La llamada y el plan de Dios
Dios aparta a sus siervos para tareas específicas, como ocurrió en la iglesia de Antioquía con Bernabé y Saulo. La oración y la obediencia permiten que los creyentes sean confirmados en su ministerio y cumplan el plan divino. Cada persona tiene un propósito único y es clave cumplir con la voluntad de Dios para multiplicar discípulos, abrir nuevas congregaciones y extender el reino de Dios para Su gloria.
Conclusión
Ser un enviado de Dios no es solo un honor, sino una responsabilidad de fe, amor y obediencia. Implica crecer espiritualmente, participar activamente en la obra divina, multiplicar discípulos y abrir nuevas congregaciones. Cada creyente tiene un plan único y un llamado especial, y al responder con disposición y confianza en Dios, se convierte en un instrumento poderoso para extender Su reino y manifestar Su amor en el mundo.

Miguel Díez es presidente de la ONG Remar en 68 países y fundador de la iglesia Cuerpo de Cristo.

