El Perdón que Vence al Rencor // Miguel Diez
Los inicios del ministerio y la persecución
Durante los primeros doce años del ministerio, la lucha fue intensa y constante. La decisión de dedicar todos los recursos disponibles a rescatar y ayudar a drogadictos fue vista como una traición por muchas congregaciones evangélicas del país. La expectativa general era construir un templo nuevo y respetable, un proyecto visible y aceptado. Sin embargo, la convicción era firme: el Señor había libertado de la adicción y había dado un llamado claro para invertir la vida en quienes sufrían lo mismo. Esa fidelidad provocó una persecución feroz, pero también forjó un carácter resistente.
Fidelidad al llamado y crecimiento inesperado
A pesar de la oposición, el ministerio empezó a crecer de manera sorprendente, casi imposible de explicar con lógica humana. La obediencia al llamado produjo frutos visibles, como el bautismo masivo en la Plaza de la Constitución de Victoria, donde setecientas personas descendieron a las aguas en un evento histórico para el Evangelio en España. Lo que comenzó como una obra despreciada se convirtió en una señal de que Dios estaba respaldando lo que muchos consideraban una insensatez. La consigna era clara: avanzar como un “burrito” que solo oye la voz de Dios y no las críticas externas.
Experiencias proféticas y dirección divina
El ministerio también fue guiado por experiencias espirituales profundas. En un congreso realizado en un pabellón deportivo, la atmósfera cambió por completo cuando una palabra profética descendió de manera drástica, recordando el episodio bíblico de Zacarías en el templo. Hubo un silencio absoluto, seguido de un grito y un llanto de quebrantamiento que abrió el corazón para recibir instrucciones divinas. Ese mensaje insistió en la necesidad del perdón, evocando el ejemplo de José, quien a pesar de haber sido vendido por sus hermanos, los perdonó por completo.
El fundamento del perdón y el amor cristiano
El perdón se convirtió en una base esencial del ministerio. La enseñanza era clara: perdonar a quienes nos ofenden, incluso si nunca piden perdón. Retener el rencor solo abre puertas al enemigo y apaga el amor cristiano. La iglesia, aunque imperfecta, está llamada a ser un lugar de misericordia y no de juicio. Este principio permitió que la obra creciera sin ser contaminada por la amargura, manteniendo el corazón libre para servir y amar.
Apertura de medios y expansión del mensaje
La inauguración de la radio y la televisión en Madrid marcó un nuevo capítulo. Estos medios se abrieron para que pastores y líderes predicaran la palabra a mayor escala. Las transmisiones provocaron una respuesta masiva, generando relaciones más abiertas y un respeto renovado entre distintas comunidades cristianas. Fue una puerta inesperada que amplificó el mensaje de salvación, restauración y perdón.
Atención a enfermos terminales: una obra de misericordia
La necesidad creciente de atender a enfermos terminales llevó a buscar soluciones más amplias. Los hospitales y cárceles no querían que las personas murieran en sus instalaciones, por lo que enviaban a los enfermos a sus hogares aun con condenas largas. La demanda era tan alta que se compró un balneario en Ariño, en la provincia de Logroño, un lugar con un microclima especial. Allí se acogió gratuitamente a decenas de personas, ofreciendo comida, limpieza, atención y sobre todo amor. Muchos murieron agradeciendo a Dios por sentir, por primera vez, amor y perdón.
Retos, críticas y la preparación espiritual
El fallecimiento del primer enfermo de Sida en el balneario desató un escándalo mediático. La prensa, televisión e incluso iglesias criticaron duramente la obra. Pero el espíritu de José, sembrado antes por la palabra profética, preparó el corazón para responder con amor y no con venganza. A pesar de que el Ayuntamiento realizó movimientos cuestionables —como comprar el edificio sin pagar los arreglos— Dios intervino y todo quedó legalmente limpio. Fue una prueba donde la misericordia venció al conflicto.
Amor sublime y el ejemplo de Cristo
El amor sublime no es amar a quienes nos aman, sino amar a quienes nos aborrecen, bendecir a quienes nos maldicen y desear el bien de quienes nos persiguen. Este es el amor irracional que predicó y vivió Cristo. Este tipo de amor rompe cadenas espirituales, vence la oscuridad y transforma vidas de forma sobrenatural. Es el nivel de amor al que todo creyente está llamado, aunque cueste comprenderlo.
La deuda del pecado y el perdón divino
El pecado es una deuda que arrastra no solo a la persona, sino también a su familia. La parábola del siervo perdonado ilustra la diferencia gigantesca entre nuestra deuda con Dios —representada por diez mil talentos— y las ofensas que otros nos hacen, simbolizadas por cien denarios. Dios cancela nuestra enorme deuda, por lo que es imposible exigir a otros que paguen las pequeñas deudas que tienen con nosotros. Perdonar libera el corazón de cadenas espirituales.
Consecuencias del rencor y la amargura
El rencor, cuando no se perdona, se convierte en un veneno interno. Produce raíces de amargura que contaminan a la persona y a quienes la rodean. Su origen está en el orgullo herido y la egolatría. Dios invita a reconocer la parte propia en los conflictos y pedir perdón, rompiendo así el círculo vicioso del resentimiento.
Enseñanzas bíblicas sobre el perdón
La Biblia habla del perdón sin límites. En Lucas, Jesús enseña a perdonar cada vez que haya arrepentimiento; en Mateo, incluso sin arrepentimiento previo. Perdonar no solo es un acto, sino un estilo de vida que implica renunciar al rencor. Si no perdonamos, tampoco podemos pedir a Dios que nos perdone. El perdón trae libertad y abre el corazón a la gracia.
Ejemplos de perdón y humildad en la Escritura
El comportamiento de David hacia Saúl es un ejemplo extraordinario. Aunque Saúl intentó matarlo repetidamente, David se negó a matarlo incluso cuando tuvo la oportunidad. Reconocía que Saúl había sido ungido por Dios. Este respeto, humildad y temor reverente son cualidades que protegen al creyente de caer en desgracia y perder la gracia divina.
Perdonar a quienes nos hacen daño
La Biblia llama a devolver bien por mal y amar incluso a los enemigos. Efesios y Colosenses enseñan a despojarse de la amargura, la ira y la malicia, y a vestirse de misericordia, paciencia y perdón. Perdonar no es un acto opcional: es una expresión directa del carácter de Cristo.
Un testimonio de conversión mediante el perdón
Un testimonio impactante es el de un joven en Abechuco, miembro de una familia de once hermanos drogadictos y ladrones. Su conversión comenzó cuando un acto de amor rompió su dureza: recibir como regalo una chaqueta de piel por parte de quien él había amenazado. Ese gesto lo llevó al arrepentimiento, a su bautismo y a un cambio real, aunque tuvo recaídas. El perdón insistente abrió la puerta a su salvación.
Perdonar como oportunidad de salvación
Perdonar no solo limpia el alma del creyente, sino que también abre oportunidades para que otros conozcan a Cristo. La sangre de Jesús limpia las conciencias de obras muertas y capacita para hacer el bien sin cansarse. El perdón total, no parcial, es el arma más poderosa para destruir el odio.
Perdonar deudas y liberar cargas
Un ejemplo de perdón radical fue cuando se canceló por completo una deuda de medio millón de pesetas a un pastor moribundo. Dios mostró que quería llevarlo en paz y pidió liberar esa deuda para que no se fuera con cargas pendientes. El perdón económico, igual que el espiritual, libera tanto al que perdona como al perdonado.
La necesidad de perdonar a otros y a uno mismo
Muchas personas cargan rencor contra familiares, especialmente padres y madres. Pero el rencor destruye más al que lo guarda que al que lo provoca. Es necesario perdonar sinceramente y dejar en manos de Dios la justicia. También es crucial perdonarse a uno mismo, pues seguir cargando culpas que Cristo ya pagó es rechazar su sacrificio.
La sangre de Cristo y la verdadera libertad
La sangre de Cristo limpia completamente el pecado y da al creyente la capacidad de perdonar de corazón. Al reconocer su poder, se experimenta una liberación total del rencor, la culpa y la autocompasión. La gratitud por ese perdón se convierte en una vida de amor, misericordia y gloria a Cristo.

Miguel Díez es presidente de la ONG Remar en 68 países y fundador de la iglesia Cuerpo de Cristo.

