Predicación Javier Jiménez | Retiro Nehemías 2026
La naturaleza del cambio y la entropía
El universo se encuentra en un estado de cambio continuo, siguiendo una tendencia natural hacia la entropía o el desorden. El tiempo puede entenderse como el conteo de los acontecimientos que ocurren y, cuando el universo alcance un estado de desorden total en el que ya no se produzcan cambios, el tiempo llegará a su fin.
Ante esta realidad, la capacidad de adaptarse adquiere una importancia fundamental. La inteligencia humana y la sabiduría espiritual se manifiestan también en la capacidad de responder adecuadamente a los cambios inevitables de la vida.
La flexibilidad como virtud ante la vida
La flexibilidad es la capacidad de una persona para adaptarse a los cambios. Aunque adaptarse puede resultar difícil, la gracia de Dios y la unción del Espíritu Santo facilitan este proceso. La experiencia de transitar por diferentes países, culturas, idiomas y ministerios muestra que los cambios forman parte del camino y requieren disposición para afrontarlos.
Por el contrario, la rigidez puede convertirse en una limitación. Los motivos religiosos, las estructuras mentales o determinados factores culturales pueden impedir que una persona sea capaz de cambiar y adaptarse a nuevas circunstancias.
El envejecimiento y la actitud de servicio
El envejecimiento constituye otro proceso de cambio constante. Con el paso de los años pueden producirse pérdidas de capacidades físicas relacionadas con la movilidad, la vista o el oído, y estas circunstancias requieren sabiduría para adaptarse a una nueva situación.
A pesar de las dificultades físicas y emocionales que puede traer el envejecimiento, es necesario conservar la actitud de servir al Señor. La adaptación a una nueva realidad no significa abandonar el servicio, sino aprender a desarrollarlo de acuerdo con las nuevas circunstancias.
Cambios progresivos y cambios regresivos
Existen dos formas de afrontar el cambio ante la degeneración del universo: un cambio progresivo, orientado hacia la madurez y el crecimiento, y un cambio regresivo, que conduce hacia un deterioro constante.
La vida cristiana debe dirigirse hacia cambios progresivos que permitan alcanzar una mayor madurez y un conocimiento más pleno. No se trata simplemente de experimentar transformaciones externas, como dejar de fumar o beber, sino de avanzar en un crecimiento cristiano que produzca una verdadera transformación.
Los cambios geográficos o estratégicos tampoco garantizan por sí mismos una transformación. Si una persona cambia de lugar pero no cambia su corazón ni su manera de vivir, simplemente puede terminar llevando sus mismos problemas a un nuevo lugar.
Ser útiles en la obra de Dios
En la obra de Dios no debe haber «jarrones chinos», entendidos como elementos decorativos que poseen apariencia, pero carecen de una función práctica. El cristiano está llamado a ser un elemento práctico, capaz de resolver situaciones y cumplir una función real.
La apariencia o la reputación no son suficientes. Es necesario que la vida tenga una utilidad concreta dentro de la obra de Dios y que el creyente pueda responder de manera práctica a las necesidades que se presentan.
Los obstáculos para el progreso personal
El estancamiento puede producirse cuando una persona permanece anclada en el pasado, recordando continuamente las batallas anteriores, o cuando vive dominada por el miedo ante la incertidumbre del futuro. El temor al cambio aparece especialmente cuando se presentan situaciones nuevas que no se saben manejar con soltura.
Con el paso de los años también puede aumentar la rigidez, haciendo más difícil la adaptación. Sin embargo, la flexibilidad por sí sola tampoco demuestra que haya existido un cambio verdadero.
Algunas personas viven como fugitivos constantes, cambiando de lugar y atribuyendo sus problemas a factores externos. Pueden culpar a la falta de personas, a la carencia de medios o a las acciones de otros, evitando examinar su propia vida. Mientras no exista esa introspección, el cambio verdadero resulta difícil.
La introspección y la obra del Espíritu Santo
El cambio real requiere una obra del Espíritu Santo que lleve a una introspección profunda. Esto implica entrar en las áreas más internas de la vida, incluso aquellas que se evitan por miedo a desestabilizar la propia estructura personal.
Es necesario revisar la vida desde sus bases, incluso desde el momento de la conversión. Con el paso del tiempo, los errores acumulados pueden adquirir un peso mayor que los éxitos. Por eso, concentrarse únicamente en los logros para evitar enfrentarse a los errores personales puede convertirse en una causa de estancamiento.
El peligro de la vanidad de la mente
Uno de los mayores peligros tanto para el mundo como para la iglesia es la vanidad de la mente. Esta puede manifestarse mediante la superficialidad, la simplificación de los problemas y una tendencia a dejarse llevar por las emociones.
Las emociones, las modas y las opiniones son cambiantes y, por ello, no deben convertirse en la base para tratar los asuntos de Dios. El apóstol Pablo advirtió sobre la actitud de envanecimiento y superficialidad, señalando que el evangelio no consiste simplemente en palabras u opiniones, sino en poder.
Vivir en la periferia de los problemas y construir el ministerio sobre opiniones personales impide llegar a una transformación profunda y limita el crecimiento espiritual.
Dios permanece inmutable
Los seres humanos son contingentes, mientras que Dios y su palabra permanecen. Esta diferencia proporciona un punto de referencia firme en medio de una realidad marcada por los cambios.
Las opiniones personales deben ser contrastadas con la palabra de Dios y con los hechos. Cuando una opinión no se sostiene, debe ser descartada, independientemente de que produzca bienestar emocional. La referencia debe encontrarse constantemente en la palabra de Dios, en el señorío de Cristo y en la dirección espiritual.
Dios y sus promesas constituyen elementos inmutables que proporcionan convicción y firmeza. La palabra de Dios permanece inalterable a pesar del paso del tiempo.
Permanecer firmes mientras crecemos
La inmutabilidad aplicada a las personas no significa permanecer estancados. Significa mantener una fidelidad constante al rumbo marcado por Jesús mientras se experimenta un proceso de crecimiento y evolución.
Es necesario que existan personas capaces de conservar su esencia y sus principios a lo largo del tiempo, sin construir su vida sobre emociones o sentimientos cambiantes. La estabilidad de los principios permite avanzar sin perder el rumbo.
La renovación del entendimiento
El cambio personal se produce mediante la renovación del entendimiento. Este proceso implica despojarse del viejo hombre y revestirse del nuevo conforme a Cristo.
El crecimiento y la mejora en el Señor están relacionados con una mayor revelación y conocimiento de Dios. A medida que aumenta ese conocimiento, la persona puede contrastar su realidad con los objetivos espirituales y reconocer hacia dónde necesita avanzar.
Pedro y la transformación de su mentalidad
El caso del apóstol Pedro en el libro de los Hechos, capítulo 11, muestra la necesidad de transformar una mentalidad rígida y estrecha. Pedro tenía una concepción que limitaba el alcance del evangelio exclusivamente a los judíos, pero Dios quería que el mensaje alcanzara todos los rincones de la tierra.
Dios confrontó a Pedro mediante un éxtasis o epifanía en el que vio unos lienzos con animales y recibió la orden de comer, aunque consideraba que aquellos animales eran inmundos. La experiencia se repitió tres veces, mostrando que su rigidez le impedía comprender el plan divino y que no debía considerar impuro aquello que Dios había santificado.
Después de esta experiencia, Pedro recibió a las personas enviadas por Cornelio y acudió a su casa, a pesar de que anteriormente consideraba una abominación entrar en el hogar de un gentil. Allí encontró reunida a toda la familia, incluidos hijos, yernos y criados, que estaban preparados para escuchar el mensaje.
En aquel encuentro se produjo un avivamiento que incluyó la conversión de los presentes, el bautismo en el Espíritu Santo y el bautismo en aguas. La disposición de Pedro para escuchar y obedecer permitió que pudiera participar en aquello que Dios estaba haciendo.
La mente de Cristo frente a la entropía
La verdadera inteligencia humana se manifiesta en la capacidad de adaptarse y cambiar de manera progresiva. Frente a ello, la entropía representa un cambio hacia un estado peor, un proceso de deterioro.
La advertencia bíblica al paralítico de treinta y ocho años, a quien se le indicó que no pecara más para que no le sucediera algo peor, muestra que siempre existe la posibilidad de enfrentarse a circunstancias más graves.
Por eso, el llamado final es a adoptar la mente de Cristo, avanzar hacia la perfección y continuar bajo la gracia de Dios. El cambio verdadero no consiste simplemente en moverse, cambiar de lugar o modificar aspectos externos, sino en avanzar hacia una transformación profunda, manteniendo la dirección marcada por Jesús.

