¿Quieres volver a la normalidad? // Juan José Estévez
La ambición de la normalidad y el propósito de Dios
Muchas personas anhelan regresar a la normalidad que tenían antes, pero este deseo puede ser una manera de esconder bajo la alfombra aquello que Dios ha revelado en este tiempo. La búsqueda de normalidad puede convertirse en un mecanismo para evitar que Dios trabaje en nuestra vida, confrontando nuestras debilidades y pecados. La pandemia, al interrumpir nuestra rutina habitual, nos ofreció la oportunidad de reflexionar sobre nuestra relación con Dios. Sin embargo, si no hemos avanzado en esa relación personal, este tiempo se convierte en tiempo perdido. Dios actúa en nuestra vida según su propósito, que es nuestra salvación y nuestra entrada al reino de los cielos, tal como se menciona en Filipenses 3:17 en adelante.
La vida de Pablo y la imitación de su segunda jornada
Pablo en Filipenses nos exhorta a ser imitadores de su vida después de su encuentro con Jesús. Destaca que existen muchos que son enemigos de la cruz de Cristo y cuyo destino será la perdición. Nuestra verdadera ciudadanía está en los cielos, y esperamos al Salvador que transformará nuestro cuerpo para hacerlo semejante al de Él. Pablo vivió dos etapas: la primera como fariseo, representando la ley, y la segunda después de su encuentro con Jesús, donde abandona la justicia propia y comienza a vivir bajo los principios de la cruz. La invitación de Pablo es imitar esta segunda jornada, donde se manifiesta el verdadero cambio y transformación espiritual, dejando atrás la práctica religiosa vacía y centrada en la justicia propia.
Las señales de la cruz y la transformación espiritual
Los enemigos de la cruz de Cristo se identifican porque no muestran las señales de la cruz, que son el resultado de un proceso de redención y restauración que deja marcas permanentes en la vida de los creyentes. Este proceso de transformación es interno, y solo cambiando desde adentro se produce un cambio real en la conducta externa. La obra de la cruz permite que lo terrenal muera en nosotros y que la vida de Dios se manifieste plenamente. La verdadera vida cristiana no es un cumplimiento religioso, sino una vida marcada por los estigmas de la cruz, que muestran la muerte al ego y la resurrección en Cristo.
La crítica a la religión y la necesidad de una vida auténtica
La práctica religiosa, aunque cómoda y estructurada, no garantiza vivir la fe de manera auténtica. Pablo destaca que el evangelio no es una simple figura histórica de Jesús, sino la manifestación de la verdad a través de su muerte y resurrección. La vida cristiana auténtica requiere dejar atrás la autojusticia y la práctica ritual, abrazando la obra de Cristo en nuestra vida. La verdadera transformación solo ocurre cuando nuestra fe se centra en la cruz y no en nuestras propias acciones o conocimientos religiosos.
La muerte al ego y la resurrección en Cristo
La redención de nuestros pecados se alcanza mediante la inmolación de Jesús en la cruz, y debemos participar de esta muerte espiritual para recibir la vida de su resurrección. Esta segunda jornada de nuestra vida consiste en morir con Cristo, un proceso difícil que implica el nacimiento espiritual. La esencia del cristianismo es vivir en Cristo, dejando que Él habite y actúe en nosotros, mientras el viejo hombre es llevado a la cruz diariamente para no dominar nuestras acciones ni deseos.
La victoria sobre el pecado mediante la cruz
La única manera de vencer nuestros pecados y nuestra naturaleza egoísta es a través de la obra de Cristo. Jesús, al morir y resucitar, nos ofrece la posibilidad de morir con Él y experimentar una vida centrada en Dios. La fe en Cristo permite dejar atrás la vida centrada en uno mismo y en el pecado, reemplazándola por una existencia generosa, abnegada y enfocada en el servicio a Dios.
El divorcio del yo y el amor a Dios
Dios requiere que el ego y el amor propio sean puestos bajo la obra de la cruz para que podamos amarle verdaderamente. Los estigmas de la cruz son evidencias tangibles de la gracia de Dios y se manifiestan en la renuncia al ego, a la propia estima y al deseo de ser admirado. Pablo es un ejemplo de alguien cuya vida estuvo marcada por estas señales, siendo incluso censurado por su compromiso con Cristo. La verdadera vida cristiana se evidencia en la transformación personal y en la influencia positiva hacia otros creyentes.
La libertad en Cristo y la crítica a la esclavitud religiosa
La iglesia muchas veces está llena de esclavos de la religión, pero Dios ofrece libertad para seguir a Cristo con las manos libres, centrados en Él y no en nosotros mismos. La verdadera vida cristiana consiste en servir a Dios y manifestar los estigmas de la cruz, que no siempre son visibles, pero que transforman la vida de manera profunda. Predicar el evangelio y la resurrección de Cristo permite que otros puedan experimentar abundancia y libertad en su vida espiritual.
La vida de resurrección y el testimonio de Cristo
Vivir la resurrección de Cristo es una experiencia personal y diaria. Implica elegir poner nuestra vida al servicio de Dios y no vivir centrados en nosotros mismos. Los estigmas de la cruz producen un perfume espiritual que manifiesta la vida de Dios, no como religión, sino como testimonio de la transformación interna que se refleja en nuestra conducta.
Los enemigos de la cruz y su impacto en la salvación
Pablo llora por aquellos que son enemigos de la cruz de Cristo, no por sus propias aflicciones, sino por aquellos que impiden que otros se salven. La obra del evangelio debe certificar la transformación de la vida de las personas, y aquellos que se creen justos por sí mismos pueden convertirse en barreras para la salvación de otros. La cruz de Cristo es democrática y accesible a todos, y el peligro surge cuando la autojusticia y el juicio sobre los demás se anteponen al amor y la gracia de Dios.
La autojusticia y el peligro de la juzganza
El espíritu religioso puede desviar nuestra perspectiva, llevando a juzgar a los demás de manera equivocada y generando conflictos. La verdadera transformación no busca legalismo ni autoexaltación, sino mover los corazones hacia la salvación de todos, siguiendo el ejemplo de Cristo.
El peligro de la autoexaltación y el servicio a otros
Cuando el centro de nuestra vida somos nosotros mismos, se generan problemas que afectan nuestra relación con Dios y con los demás. La cruz de Cristo transforma al hombre egoísta en un servidor, siguiendo el ejemplo de Jesús, quien se humilló para servir y lavar los pies de sus discípulos. El propósito cristiano es servir a otros, dejando de lado los deseos de grandeza personal.
La transformación radical por la vida de Dios
La vida de Dios en nosotros permite un cambio radical, pasando de muerte a vida. Es necesario dejar de tejer telarañas de ego y vanagloria para que la vida de Dios produzca frutos visibles y tangibles. La Biblia enseña a no murmurar ni juzgar a los demás, sino a ser hacedores de la ley con amor y respeto hacia nuestros hermanos.
El amor que cubre y la crítica a la murmuración
El amor de Dios cubre los pecados de los demás, actuando como un aceite que cicatriza heridas y evita la propagación del daño. Debemos asumir las faltas del prójimo con amor, vigilando y acompañando, sin permitir que la murmuración y la vanagloria contaminen la comunidad.
La lucha contra la carne y la santificación
Después del nuevo nacimiento, la carne sigue trabajando en nuestra vida, perturbando y desafiando nuestro crecimiento espiritual. La santificación diaria es fundamental para hacer morir lo terrenal y vivir según el Espíritu Santo. Esta lucha constante nos recuerda que no somos superhombres santos, sino humanos que necesitan la guía divina para vivir en santidad.
El impacto de la vida truncada de Adán y la necesidad de comunión con Dios
El pecado de Adán afectó la vida de todos, pero la obra de Cristo permite que la vida de Dios se manifieste en los creyentes. Es esencial permitir que Dios guíe nuestras acciones y usar lo terrenal para hacer el bien. La normalidad no debe ser excusa para descuidar la comunión con Dios, la oración y el estudio de la palabra, siendo identificables por llevar las señales de la cruz en nuestra vida.
Las marcas eternas del pecado y la manifestación de Cristo
El pecado deja marcas visibles por la eternidad, y la verdadera evidencia espiritual no son las prácticas religiosas, sino la manifestación de la vida de Cristo en nosotros. La presencia y la misericordia de Dios nos permiten ser elegidos por Él, y nos llama a vivir de manera victoriosa, venciendo la carne, los enemigos y el pecado, siguiendo el ejemplo de Pablo.
La gratitud por la gracia de Dios y la restauración
La gracia de Dios transforma a los creyentes y obra en ellos la restauración, moldeándolos a su imagen y semejanza. Agradecer y reconocer esta obra en nuestra vida y en la de otros nos permite ser testigos vivos del poder de Dios y de la transformación que su obra produce, manifestando el amor y la fidelidad de Cristo en cada acción.

