¿Un cristiano tiene dos naturalezas? – Charles Spurgeon
El enigma interior del creyente
La vida cristiana comienza con una paradoja que sorprende a muchos. El creyente descubre en su interior una batalla que nunca antes había percibido con tanta claridad. El apóstol Pablo lo describe en Romanos 7:23 como una ley en los miembros que se rebela contra la ley de la mente. Esta tensión hace que, en ocasiones, el creyente no logre comprenderse a sí mismo, pues se siente dividido, con deseos de santidad y, al mismo tiempo, con inclinaciones al pecado. Ante los demás también puede parecer un enigma, porque quienes lo observan esperan ver en él solo perfección, pero lo que hallan es una lucha real y continua. Este misterio no debería sorprendernos, pues ya desde la antigüedad Platón habló de un conflicto interior en todo ser humano. Sin embargo, en el creyente ese conflicto se intensifica, porque no se trata solo de un dilema moral, sino de un combate entre la vieja naturaleza heredada de Adán y la nueva vida que el Espíritu Santo ha implantado en el alma.
La victoria asegurada pero no siempre visible
Aunque la Escritura enseña que la victoria final pertenece a la nueva vida espiritual, no siempre lo sentimos así al inicio de nuestro caminar. El recién convertido, lleno de entusiasmo, cree que ahora la tentación y el pecado dejarán de tener fuerza en su vida. Sin embargo, pronto se sorprende al descubrir que es mucho más pecador de lo que pensaba antes de venir a Cristo. Esa revelación puede traer consigo dolor, lágrimas y un profundo desconcierto, porque no encaja con la idea inicial de un camino sencillo y siempre victorioso. Las tormentas llegan, los tropiezos aparecen, y el corazón puede caer en la desesperanza. Pero es justamente en esos momentos donde aprendemos una de las lecciones más importantes: que la victoria no radica en nuestras fuerzas, sino en la gracia poderosa de Jesús. Él ya ha vencido en la cruz, y aunque el creyente aún experimente luchas y caídas, la victoria definitiva le pertenece a la nueva naturaleza que ha nacido en él.
Dos principios en constante oposición
Pablo enseña que en el corazón del creyente hay dos principios que nunca podrán estar en paz. Por un lado, está la ley de la mente, que busca agradar a Dios y se deleita en su voluntad. Por otro, está la ley de los miembros, que se levanta en rebelión y se opone a todo lo que es santo. El creyente es un nuevo hombre en Cristo, una nueva creación regenerada por la gracia, pero al mismo tiempo la vieja naturaleza no desaparece, sino que permanece y resiste. La vida del viejo Adán sigue queriendo gobernar, mientras que el nuevo principio implantado por el Espíritu lucha por establecer el reino de Dios en el interior. La vieja naturaleza nunca podrá reconciliarse con Dios, porque es enemistad contra Él. No hay forma de suavizarla ni de mejorarla; solo puede ser crucificada con Cristo y sepultada con Él. La regeneración no consiste en un cambio superficial, sino en la introducción de una nueva vida que, aunque a veces parezca débil, terminará venciendo porque su origen está en Dios mismo.
El poder de los apetitos y los excesos
Uno de los campos donde esta batalla se hace más evidente es en los apetitos naturales. Dios nos dio deseos legítimos, como el hambre, el descanso o la necesidad de proveer para nuestra familia. Pero la vieja naturaleza busca corromper esos deseos, llevándolos a extremos pecaminosos. Un hombre que desea cuidar de su hogar puede caer en la codicia y en crímenes por la indulgencia desordenada de ese mismo impulso. Por eso es necesario que la naturaleza superior gobierne sobre los apetitos corporales, aunque desde la caída de Adán esto se convierta en un esfuerzo constante. Los creyentes deben aprender a discernir entre lo que es bueno y lo que se ha corrompido, y deben sujetar los deseos de la carne a la obediencia a Cristo. No se trata de negar lo que Dios ha puesto en nosotros, sino de colocarlo bajo la dirección del Espíritu, porque de lo contrario los apetitos terminan convirtiéndose en cadenas que atan el alma.
El error de creerse sin pecado
En medio de esta tensión, algunos llegan a creer que el pecado ha sido completamente destruido en ellos. Profesan que ya no tienen malos deseos ni tendencias perversas, y se consideran a sí mismos como perfectos en santidad. Sin embargo, la experiencia demuestra que estas personas suelen volverse orgullosas, desagradables y sensibles, y en algunos casos incluso hipócritas. El peligro de esta ilusión es grande, porque quien piensa que ya no tiene lucha con el pecado, deja de vigilar y se convierte en presa fácil del enemigo. Además, al proclamar que viven sin pecado, despiertan desconfianza en los demás, pues sus vidas rara vez reflejan la humildad y la transparencia que caracterizan a quienes realmente caminan cerca de Cristo. El creyente verdadero sabe que todavía hay pecado en su interior, lo odia profundamente y, cuando cae, se duele y corre en arrepentimiento hacia el Señor. Esa actitud de dependencia constante es la que mantiene viva la comunión con Dios.
La guerra espiritual continua
El pecado que acecha en la carne debe ser enfrentado sin tregua ni excusas. No podemos tolerarlo ni justificarlo, porque nuestra nueva vida no proviene de la carne, sino de la simiente viva e incorruptible de la palabra de Dios. Esa semilla espiritual no puede pecar, porque ha nacido de lo alto, y siempre tiende hacia Cristo y hacia el cielo. Pero la vieja naturaleza todavía busca arrastrarnos hacia lo terrenal, y por eso la guerra es continua. No se trata de una batalla que se gane de una sola vez, sino de una lucha prolongada que requiere vigilancia, arrepentimiento y perseverancia. El creyente debe recordar siempre que dentro de sí existe un principio santo, aunque sea débil, que lo impulsa a odiar el pecado y a buscar la santidad. Esa misma nueva vida es la garantía de que la victoria final llegará, aunque hoy el conflicto parezca interminable.

