Cada uno debe ministrar con el don recibido

Cada uno debe ministrar con el don recibido

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“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:10).


Dios no da talentos para guardarlos en un cajón. Si te dio voz, úsala para alabarle; si te dio palabra, compártela; si te dio servicio, hazlo con alegría. Lo peor que podemos hacer es enterrar lo que hemos recibido, como aquel siervo que escondió su talento por miedo. E

l Señor no quiere siervos que retengan, sino que multipliquen. Cada don es una semilla, y si no se siembra, nunca dará fruto. ¿Cuántos llegan a los cultos domingo tras domingo, escuchan la Palabra, se llenan… pero salen a la calle y callan? Eso es egoísmo espiritual. El pan que recibes hoy, mañana debes compartirlo.

El deber de transmitir la verdad

“Lo que has oído de mí… esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Timoteo 2:2).


El mundo enseña perversión todos los días. Los falsos doctores repiten sus mentiras sin cesar, mientras muchos hijos de Dios guardan silencio. ¿Cómo puede ser? Callar cuando conocemos la verdad es complicidad con las tinieblas. No hace falta un título de pastor o evangelista para enseñar. El día que recibes una verdad de Dios, ese día te conviertes en responsable de transmitirla. La enseñanza no es un lujo, es una obra de caridad espiritual. El que no enseña lo que sabe se convierte en un estéril en el Reino.

Cristo quiere formar su carácter en nosotros

“Y nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria” (2 Corintios 3:18).


El carácter no se forma en un seminario ni en una universidad, se forma en el fuego de Cristo. El mundo ha marcado nuestra alma con huellas de pecado, de engaños, de filosofías huecas. Pero cuando Cristo entra, comienza a borrar esas improntas y a grabar su propia imagen en nosotros.

Dios no quiere clones ni robots religiosos, quiere hijos transformados a su semejanza. Y cuando su carácter se va formando, lo primero que brota es el deseo de compartir lo que Él ha hecho en nosotros. El testimonio de una vida cambiada es la mejor enseñanza.

La verdad que libera rompe cadenas

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).


No es la psicología ni la filosofía lo que cambia a una persona. Es la Palabra viva. Recuerdo una mujer que durante décadas vivió atada a las imágenes y estampas religiosas. Su propia hija, con todo su intelecto, no pudo liberarla. Pero cuando escuchó el mandamiento: “No te harás imagen… solo a tu Dios adorarás”, en un instante fue libre. La verdad tiene poder. Por eso, cuando Dios te revela algo, no puedes callar. Es como un fuego en los huesos. El que ha sido libre no puede dejar de anunciar la libertad que ha recibido.

Enseñar con vida sobria y fe auténtica

“Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina” (Tito 2:1).


La enseñanza sin ejemplo es hipocresía. El anciano debe ser sobrio, el joven prudente, la mujer reverente, el hombre íntegro. No sirve predicar fe y vivir en presunción. La fe auténtica es confiar en Dios aun cuando no responde como queremos. He visto a personas destruidas por la teología de la “súper fe”, acusadas de no tener fe suficiente porque no se sanaban. Eso no es doctrina, es condenación. La verdadera fe no exige a Dios, se rinde a su voluntad. Enseñar sin vivir esa confianza es blasfemar con la vida.

La primera escuela es la familia

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos” (Deuteronomio 6:6-7).


El hogar es el primer lugar de enseñanza. Los padres tienen la misión de instruir en oración, en rectitud, en el temor de Dios. Podemos enseñar a nadar, a jugar al fútbol, a leer… pero si no enseñamos a orar, les dejamos desnudos ante la vida. La oración en la infancia deja una marca eterna. Cuando un niño ora y Dios le responde, nunca lo olvidará. Esa experiencia lo acompañará incluso en su vejez. El padre y la madre son los primeros maestros del alma, y lo que siembren en casa determinará el futuro de sus hijos.

El temor de Dios es fundamento

“El temor de Jehová es el principio de la sabiduría” (Proverbios 9:10).
No hablo de miedo servil, sino de respeto reverente al Dios Santo. El que teme a Dios no quiere ofenderle, ni en lo pequeño ni en lo grande. Ese respeto santo es lo que guarda nuestra vida de caer en pecado. El que teme a Dios no necesita mil normas, porque el amor le guía a no fallarle. El que ama no engaña a su esposa, no roba a su prójimo, no se vende al mundo. Enseñemos ese temor, porque es la base de toda sabiduría.

Ser canales de la obra de Dios

“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio… entonces enseñaré a los transgresores tus caminos” (Salmo 51:10-13).


Dios no quiere que trabajemos como empleados suyos. Quiere obrar a través de nosotros. Somos canales, no protagonistas. Él hace la obra, pero necesita vasos limpios. Muchos quieren correr delante de Dios, hacer por Él. Pero el Señor dice: “Déjame hacer mi obra, no me estorbes”. Cuando Él fluye, las almas se convierten, no por nuestro esfuerzo, sino por su Espíritu. Lo único que pide es un corazón limpio, humilde y dispuesto.

Conclusión

Amados, no necesitamos más títulos ni más diplomas. Necesitamos hombres y mujeres que vivan lo que predican, que transmitan lo que aprenden, que formen discípulos en su casa y fuera de ella. La enseñanza verdadera no está en la cabeza, sino en el corazón transformado por Cristo. Hoy Dios nos dice: lo que aprendas, compártelo; lo que recibas, dalo; no calles la verdad. Porque la Palabra que sale de tu boca puede ser el pan de vida que alguien necesita para vivir.

Miguel Díez Portada

Miguel Díez es presidente de la ONG Remar en 68 países y fundador de la iglesia Cuerpo de Cristo.

Conocer aquí la biografía de Miguel Díez

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