¿Por qué Dios escucha a algunos y a otros no?

¿Por qué Dios escucha a algunos y a otros no? – Charles Spurgeon

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El poder con Dios y su importancia

El poder con Dios es considerado el mayor honor que un ser humano puede alcanzar. Quien lo posee no solo tiene autoridad espiritual, sino que también influye en el mundo y en las personas que le rodean, porque donde Dios decide actuar, ninguna criatura puede resistir. Prevalecer con Dios garantiza que se pueda prevalecer también con sus siervos y con quienes dependen de su voluntad. Este poder no es arbitrario ni se basa en fuerza propia; es el reflejo de una relación profunda con el Creador, que transforma la vida del hombre y le otorga un respaldo que ninguna circunstancia humana puede contradecir.

Seguridad y protección divina

El hombre que tiene poder con Dios puede caminar seguro, porque la protección del Creador lo acompaña en cada momento. Ninguna arma, ninguna intriga o plan en su contra puede prosperar, y aquellas palabras que se levanten contra él serán juzgadas y condenadas. Esta seguridad no depende de la astucia humana ni de la fuerza física, sino de la cercanía y la confianza en Dios. Saber que Él está de nuestro lado permite enfrentar la vida con confianza, porque la verdadera protección no proviene de la fortaleza propia, sino de la fidelidad divina que nunca falla.

Suficiencia y perdón

Quien posee poder con Dios no puede carecer de nada esencial. Al presentar sus necesidades con sinceridad, recibirá provisión y sustento; al confesar sus pecados, hallará perdón y reconciliación. Este poder no se basa en actos de mérito, penitencia o virtudes propias, sino en la gracia y misericordia de Dios, que actúa según su naturaleza generosa. La verdadera seguridad no depende de nuestras acciones, sino de nuestra relación con Él, y aquel que confía plenamente en Dios sabe que ninguna circunstancia puede privarle de su favor y cuidado.

Diferencia entre poder humano y divino

El poder con Dios no puede confundirse con fuerza física ni con habilidades mentales o intelectuales. Ninguna criatura, por poderosa que sea, puede oponerse a la omnipotencia divina. Creer que la fortaleza o el ingenio humano pueden desafiar a Dios es una locura. Por el contrario, la verdadera grandeza del hombre se manifiesta cuando reconoce su dependencia de Dios, entendiendo que todo control y autoridad real proviene de Él. El hombre que se acerca con humildad y reverencia descubre que su poder no está en lo que posee, sino en lo que Dios le otorga.

Ejemplo de Jacob

El ejemplo de Jacob, llamado Israel, ilustra perfectamente cómo el poder con Dios se traduce en poder con los hombres. Quien posee este favor divino puede superar adversarios, prevalecer sobre conflictos y ejercer autoridad con justicia. Jacob luchó con Dios y, al no soltarse hasta recibir la bendición, demostró que la persistencia en la fe y la humildad en la dependencia de Dios generan fuerza y victoria. Este ejemplo nos enseña que la verdadera influencia sobre otros comienza con la relación con el Creador y con la confianza en su propósito para nuestras vidas.

La impotencia humana

El ser humano existe gracias a la constante intervención de Dios. Cada instante de vida depende de su mano sustentadora, y si Él retirara su apoyo, todo regresaría a la nada. Esta realidad nos recuerda que es insensato intentar contienda alguna contra Dios. La batalla entre la criatura y el Creador es desigual por definición, y solo la sabiduría consiste en reconocer nuestra impotencia, someterse a su voluntad y buscar la paz mediante la obediencia y la entrega del corazón.

La necesidad de someterse a Dios

No debemos resistir la voluntad divina ni debatir con la providencia de Dios. Incluso cuando creemos que un curso de acción es correcto, debemos aceptar que sus planes son superiores. Someter nuestro juicio y deseos a la enseñanza de la palabra de Dios y a su voluntad permite que Él actúe en nuestra vida con pleno poder. David nos da un ejemplo perfecto al decir: «Enmudecí, no abrí mi boca, porque Tú lo hiciste», mostrando la sabiduría de aceptar el control divino y confiar en su soberanía.

La oración sincera

El poder con Dios no se logra mediante rituales, palabras repetidas o fórmulas mágicas. La oración efectiva nace del corazón sincero y humilde, y no de la mera repetición mecánica de palabras. La verdadera comunión con Dios se alcanza cuando ponemos nuestro espíritu en las súplicas, evitando supersticiones y confiando en su misericordia. La fuerza de nuestra oración radica en la honestidad y la profundidad de nuestra relación con Él, no en fórmulas externas o actos de apariencia.

Poder no basado en méritos

Algunos creen que pueden ganar poder con Dios a través de la penitencia, la oración ritual o las buenas obras, pero esto es un engaño. La verdadera autoridad ante Él surge del reconocimiento de nuestra condición pecaminosa y de la súplica por su gracia. No se trata de limpiar nuestra propia imagen, sino de acudir con humildad, confiando en su misericordia. Este poder proviene de Dios, de su carácter y bondad, y no de nuestras acciones o méritos.

Miseria humana y piedad divina

La debilidad, la pobreza y la miseria humanas son capaces de despertar la piedad de Dios. Mostrar nuestra fragilidad y necesidad con sinceridad permite que Él nos otorgue provisión, protección y bendición. Aquellos que aprenden a presentarse ante Dios en su completa debilidad son quienes experimentan su favor, porque el poder con Él no radica en la fuerza ni en la riqueza, sino en la disposición divina de ayudar a los que se acercan con humildad y corazón quebrantado.

Promesas de Dios como fuente de poder

Las promesas de Dios son una fuente poderosa de autoridad espiritual. Recordarlas y aferrarse a ellas con fe permite al creyente acercarse con seguridad y pedir su cumplimiento. La promesa divina es como un contrato inquebrantable; quien confía en ella obtiene fuerza y confianza, y puede decir con seguridad: «Señor, esto es lo que prometiste, te suplico que lo cumplas». La fe que argumenta la promesa es la clave para traer bendición y victoria.

Naturaleza de Dios y poder del hijo

El poder con Dios se basa en su naturaleza amorosa y misericordiosa, así como en nuestra relación filial con Él. Apelar a Dios como Padre nos coloca en una posición de privilegio y protección. En los momentos de debilidad, podemos clamar: «Padre, no puedo, pero tú puedes», y Él nos otorgará la fuerza necesaria. Confiar en su compasión y en su carácter paternal asegura que nuestros clamores no sean ignorados y que recibamos asistencia en nuestras necesidades.

Elección y redención

El poder que se tiene con Dios también se funda en sus acciones pasadas. La elección de su pueblo y la redención mediante su Hijo garantizan que no podemos ser rechazados ni perder la gracia. Cada acto de misericordia divina fortalece nuestro derecho a acudir a Él, y la historia de su fidelidad nos permite acercarnos con confianza, sabiendo que quien entregó a su Hijo no nos negará nada de lo que necesitamos para nuestra salvación y bienestar espiritual.

Poder a través de la oración

La oración perseverante es el medio principal para ejercer poder con Dios. La conciencia de la propia debilidad y la dependencia total del Creador permiten recibir bendición y fortaleza. Dios no llena a los que se sienten parcialmente capaces, sino que derrama su gracia sobre quienes se acercan con humildad y completo reconocimiento de su necesidad. La verdadera fuerza surge de la completa entrega y de la oración que brota de un corazón quebrantado.

Misericordia y humildad

La humildad y el reconocimiento del propio pecado son esenciales para experimentar la misericordia divina. Una persona es fuerte cuando sabe que es débil, y perfecta cuando reconoce su imperfección. La estima de Dios aumenta cuanto más nos humillamos ante Él, y la misericordia toca incluso al más pequeño pecador que se acerca con un corazón arrepentido. La grandeza espiritual no proviene del orgullo ni de la autosuficiencia, sino de la dependencia total en su gracia y compasión.

Fe como fuente de poder

Tener poder con Dios requiere una fe sencilla y confiada. La duda limita el efecto de nuestras súplicas, mientras que la confianza plena en las promesas divinas permite recibir bendiciones abundantes. Creer en Dios con la misma seguridad que confiamos en nuestros amigos y familiares multiplica nuestra fuerza espiritual, porque Él nunca falla ni traiciona la confianza que depositamos en su palabra.

Perseverancia y determinación

La oración insistente y apasionada es esencial para ser escuchados por Dios. La determinación, el fervor y la constancia son la vía para que las súplicas sean atendidas. La historia de Jacob, que luchó toda la noche con el ángel hasta recibir bendición, nos enseña que la perseverancia y la entrega absoluta de nuestra voluntad a Dios son indispensables para experimentar poder con Él.

Poder de las lágrimas y agonía espiritual

Las lágrimas sinceras y la agonía espiritual pueden mover el corazón de Dios. La oración que nace del dolor y del clamor profundo tiene gran impacto, y quienes lloran por los pecadores o por sus propios pecados ejercen un poder especial ante Él. Jesús mismo nos enseñó que la intercesión ferviente y quebrantada trae bendición, y que la verdadera autoridad espiritual se manifiesta cuando el corazón está completamente entregado y vulnerable ante Dios.

Impacto del poder con Dios en otros

Quien tiene poder con Dios no solo recibe bendición, sino que se convierte en instrumento de bendición para los demás. La intercesión, la oración por los hermanos y la mediación entre la humanidad y Dios son manifestaciones tangibles de este poder. Abraham, Moisés y otros siervos fieles ejercieron esta autoridad para salvar, proteger y guiar a su pueblo, mostrando que la relación con Dios se traduce en influencia positiva en el mundo.

Legado del poder con Dios

Los primeros cristianos demostraron poder con Dios al liberar a Pedro de la prisión, y esta autoridad sigue disponible para quienes buscan caminar humildemente ante Él. Mantener este poder requiere obediencia, fe y perseverancia, pero quien lo hace se vuelve fuerte en el Señor y capaz de ejercer su autoridad con justicia y misericordia, llevando bendición a su propia vida y a la de quienes le rodean.

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