Recibir la Verdadera Libertad // Miguel Díez
El peligro del amor al dinero
El amor verdadero es un regalo divino destinado a compartirse, algo que no puede comprarse ni venderse. Sin embargo, muchos han sustituido ese amor por el dinero, considerándolo lo más importante de su vida. La Escritura advierte que el amor al dinero es raíz de todos los males, capaz de extraviar incluso a quienes comenzaron bien en la fe.
La codicia es una fuerza destructiva que convierte el corazón en un remolino de egoísmo. La historia está llena de ejemplos de personas que, aun teniendo abundancia, viven atormentadas, como aquel banquero que dormía con una pistola bajo la almohada por miedo a perder lo acumulado. La abundancia sin propósito no trae paz. Eclesiastés enseña que quien ama el dinero nunca se sacia de él, y esa insatisfacción termina enfermando al alma y al cuerpo.
La verdadera libertad y el valor del trabajo
El trabajo solo tiene sentido cuando se realiza conforme a la voluntad de Dios y por amor. Las riquezas no definen el verdadero valor de la vida; el don de Dios es disfrutar el fruto del propio esfuerzo. La libertad auténtica consiste en no ser esclavo de las posesiones, sino en pertenecer plenamente a Dios y ser llenos de su Espíritu.
Cuando una persona camina con Dios, el corazón se llena de alegría. Las tristezas pierden peso y las victorias y vidas transformadas ocupan el primer lugar en la memoria. Cuando la vida se entiende como una misión, todo adquiere un propósito nuevo, y el gozo del Señor se vuelve la fortaleza que sostiene en medio de cualquier tribulación.
La misión y la obediencia a Cristo
Muchos dedican su vida a escalar posiciones o acumular riquezas, pero llega un momento en que Dios puede decir: “hasta aquí”. Por eso es vital vivir con visión y misión: predicar el evangelio a toda criatura y hacer discípulos. No se trata de esfuerzo humano, sino de gracia. Sin ella, obedecer sería imposible.
Jesús envió a sus discípulos a enseñar, hacer nuevos discípulos y anunciar la salvación. Esa misión sigue vigente hoy. La obediencia no es opcional para el creyente; es el camino hacia una vida llena de propósito y fruto eterno.
La reprensión que transforma
La Palabra de Dios edifica, corrige y hace crecer en fe y amor. Proverbios enseña que quien responde a la reprensión recibe sabiduría. Nadie que viva en avaricia, hipocresía o mentira podrá ver el cielo sin arrepentirse y permitir que Dios lo transforme. La codicia entra de forma sutil, cuando el corazón busca privilegios a costa de otros, y puede llegar a corromper incluso a líderes espirituales.
Cuando hay abusos o injusticias, la corrección debe hacerse con verdad y misericordia. La disciplina bien aplicada restauró incluso ministerios que pasaron por crisis profundas debido a malas conductas.
La revelación del reino de Dios
Jesús enseñó que solo quienes tienen un corazón dispuesto reciben la revelación del reino. Mateo 13 muestra que algunos ven pero no entienden, escuchan pero no oyen, porque están aferrados a su religión o tradiciones. La religión puede ser un obstáculo, pues a lo largo de la historia muchas han sido usadas como herramientas de control, poder o temor.
Cristo no vino a fundar una religión, sino a cumplir la ley y abrir un nuevo pacto de gracia. La ley condena; Cristo salva. Por eso la salvación no viene por prácticas religiosas, sino por el nuevo nacimiento y la fe genuina en el Hijo de Dios.
La salvación y el nuevo nacimiento
Muchos estudios teológicos pueden crear intelectuales, pero no necesariamente corazones enamorados de Jesús. Nicodemo, aunque religioso, no sabía lo que era nacer de nuevo. Cristo le mostró que solo mediante el Espíritu se recibe vida nueva. Un convencido no es un convertido; el convertido es aquel que permite que Dios transforme su corazón y lo haga partícipe de su reino.
La verdadera libertad nace cuando el Espíritu Santo cambia la naturaleza interior, arranca el corazón egoísta y da uno nuevo, sensible y dispuesto a obedecer.
La justicia y la misericordia
La Escritura enseña que la religión pura consiste en cuidar de huérfanos y viudas y guardarse sin manchas del mundo. Dios justifica a sus hijos para que ellos puedan hacer justicia. Vivimos en un mundo que se enfría en amor y se endurece en maldad, por lo que es necesario recibir tanto el manto de justicia como el de alegría para servir con compasión.
Ser instrumentos de justicia produce un gozo profundo. Alimentar al hambriento, acoger al desamparado, defender al débil: todo ello refleja el corazón de Dios. Él mismo prometió, según Sofonías, salvar al que cojea, recoger al perdido y dar renombre a los que han sufrido.
La familia de Dios y el evangelio del reino
La familia de Dios vive en unidad, no solo se reúne en cultos o diezma, sino que se preocupa activamente por los necesitados. Jesús vino a formar esta familia eterna. A quienes lo reciben, Él les da potestad de ser hechos hijos de Dios.
El evangelio del reino será predicado en toda la tierra antes del fin. Este mensaje no es solo palabras, sino obras preparadas de antemano. La ciudadanía terrenal es pasajera; la del reino de Dios es eterna.
La fe que produce justicia
Quienes aman la justicia y aborrecen la maldad son ungidos por Dios, según Hebreos. Esa es la fe que distingue al verdadero creyente. No basta con buscar justicia solo para uno mismo; la justicia divina mira al débil, al niño, al oprimido, al que no puede defenderse.
Yahvé está en medio de su pueblo, poderoso para salvar y gozarse sobre ellos con alegría. Él promete restauración, defensa y honra para los que han sido oprimidos.
La oración que impulsa la acción
El corazón que ama la justicia pide a Dios hambre y sed de ella. El Espíritu Santo produce el gozo de hacer lo que agrada al Padre. Por eso, el creyente puede pedir ser un hacedor de justicia, misericordia y bondad.
Cristo da una paz que expulsa temores y ansiedades. Con esa paz se anuncian libertades: liberación de codicias, mentiras, engaños y esclavitudes religiosas. Cuando la verdad eterna llena el corazón, el reino de Dios se manifiesta.
Quien se dispone a ser instrumento de justicia se levanta contra la maldad, establece el reino de Dios y se convierte en un embajador de la luz en un mundo necesitado.

Miguel Díez es presidente de la ONG Remar en 68 países y fundador de la iglesia Cuerpo de Cristo.

