El libro de Apocalipsis – Capitulo 19
Alabanzas en el cielo
Después de la caída de la gran ramera, una multitud inmensa en el cielo se une en un canto de “aleluya” celebrando que la salvación, la honra, la gloria y el poder pertenecen al Señor nuestro Dios. Este júbilo surge porque Dios ha juzgado a la gran ramera, aquella que corrompió a la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos. En medio de este momento, el humo de la gran ramera se eleva por los siglos de los siglos, mientras los 24 ancianos y los cuatro seres vivientes se postran ante el trono de Dios para adorarlo.
Desde el trono se escucha una voz que llama a todos los siervos de Dios —desde los pequeños hasta los grandes— a alabarlo. Esta voz se asemeja a la de una gran multitud, al estruendo de muchas aguas y a truenos poderosos que proclaman: “aleluya, porque el Señor nuestro Dios todopoderoso reina”. Se anuncia también que han llegado las bodas del Cordero, y que su esposa se ha preparado para la celebración. Se describe que ella ha sido vestida con lino fino, limpio y resplandeciente, símbolo de las acciones justas de los santos.
La multitud se regocija y da gloria a Dios, anticipando la unión del Cordero con su esposa. El anuncio de las bodas no solo es motivo de alegría, sino una confirmación de la justicia divina y de la victoria final sobre la corrupción y la maldad, reafirmando que el reino del Señor es eterno y soberano.
La cena de las bodas del Cordero
En este momento, un ángel se dirige al escritor para declarar que aquellos que son llamados a la cena de las bodas del Cordero son bienaventurados. Se subraya que estas palabras son verdaderas y provienen de Dios. El mensaje también resalta la importancia de reconocer la autoridad divina y no adorar a los mensajeros celestiales. Cuando la persona se postra a los pies del ángel para adorarlo, el ángel la detiene, recordándole que él mismo es un siervo, igual que ella y que sus hermanos, quienes retienen el testimonio de Jesús.
El ángel insiste en que la adoración debe dirigirse únicamente a Dios, porque el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía. Se identifica como un siervo al servicio del creyente y de todos los que mantienen la fe en Jesús, reafirmando así que la verdadera reverencia no se da a los seres celestiales, sino al Dios que gobierna desde el trono y cuya palabra es el fundamento de la esperanza cristiana.
El jinete del caballo blanco
Luego, se abre el cielo y aparece un caballo blanco, montado por un ser llamado Fiel y Verdadero. Este personaje, que representa a Cristo en su manifestación triunfante, juzga y pelea con justicia. Sus ojos son como llama de fuego, y sobre su cabeza se observan muchas diademas, mostrando su autoridad suprema. Su nombre, inscrito en él, es desconocido para todos excepto para él mismo, lo que subraya su misterio divino y su soberanía.
El jinete está vestido con una ropa teñida de sangre, y se revela que su nombre es el Verbo de Dios. Lo siguen los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo blanco y limpio, montados en caballos blancos. De su boca sale una espada aguda con la cual regirá a las naciones con vara de hierro. Asimismo, pisa el lagar del vino de la ira de Dios todopoderoso, simbolizando el juicio final sobre los malvados. En su vestidura y en su muslo está escrito el título: Rey de Reyes y Señor de Señores, proclamando su dominio absoluto sobre toda autoridad.
En el contexto de la batalla final, un ángel posicionado en el sol clama con voz potente a todas las aves del cielo, invitándolas a congregarse para la gran cena de Dios. Se les ordena comer las carnes de reyes, capitanes, fuertes, y también de los caballos y sus jinetes, incluyendo a todos los hombres, sean libres o esclavos, pequeños o grandes. Esta imagen simboliza la victoria total y la justicia definitiva de Dios sobre los poderes opuestos.
La bestia y los reyes de la tierra se reúnen con sus ejércitos para guerrear contra el jinete y su ejército, pero son derrotados. La bestia es apresada junto con el falso profeta, aquel que había realizado señales engañosas para seducir a los que recibieron la marca de la bestia y adoraron su imagen. Ambos son lanzados vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre, y los demás son muertos por la espada que sale de la boca del jinete. Las aves se sacian de sus cuerpos, completando así el triunfo final del Cordero y la purificación del mundo ante la justicia divina.

